Cada vez que de joven leía el grafiti que alguien había pintado frente a la iglesia de los Capuchinos —un casco militar volcado como maceta y una margarita que crecía en él, junto a la frase «la paz es bonita»— se me alteraba la sangre por semejante estupidez. Yo me había pasado una gran parte de mi infancia viendo kilómetros de celuloide en el cine Equitativa —del cual a mis padres bien les hubiera venido comprar acciones— en los que no había casi más que guerra: romanos, vaqueros, piratas, lanceros, caballeros, vikingos... Todo cuanto en el mundo guerreaba se abría a mis ojos felices y emocionados. Yo he sido experto en hachas, machetas, espadas, sables y navajas; en cañones, en escopetas, en metralletas, en ametralladoras, en pistolas y en revólveres. También sabía que los americanos a los alemanes los mataban de diez en diez. La cultura de mi generación es la cultura de la guerra. Luego vino el aguafiestas de Stanley Kubrik con Senderos de gloria, y ya después la bestiada cursi de Johnny cogió su fusil y lo de los hippies: paz y amor. Y ojo, yo con lo del amor a aquellas diosas minifalderas que fumaban marihuana, estaba totalmente de acuerdo. ¿Pero paz? Anda ya. Luego uno se hace mayor y se encuentra más cómodo con menos violencia y acaba en casa viendo El método Kominsky. El cine Equitativa cerró hace mucho —al final mis padres tenían razón— y es el Registro Civil donde ya no hay más que bodas. Eso sí, los niños, en la plaza, se siguen disparando con el dedo.