El instante exacto brilla siempre a posteriori, en la imagen granulada de una cinta de VHS que devuelve un pasado que fue, pero que ojalá no hubiese existido. Quizá sea en una última frase diluida a golpe de cucharilla en el primer café de una mañana anodina, o en cualquiera de las que se fueron pronunciando, llenas de promesas lacerantes sobre un futuro en común, durante un paseo insulso en la Toscana. Quizá haya sido difícil —o más bien tedioso— deshacer un ovillo que ha ido hilando pequeños detalles aislados que ahora, colocados uno detrás del otro, dibujan un sendero tortuoso escoltado por víctimas amontonadas.
A lo mejor fue en una conversación telefónica que parecía ininteligible en medio de una boda y que ahora, en la distancia, reverbera con una cordura insoportable. O puede que estuvise siempre ahí, en las páginas de un libro de historia comprado para una pena privativa de libertad que ya estaba cumpliendo, inconsciente, desde la primera noche en la que se metió entre las sábanas. Roma[n] no paga traidores, un instante ficticio que mantiene viva una frase que posiblemente nunca fuese pronunciada. Y en medio de un pasillo, un gesto casi inapreciable desenrolla de golpe una trama de sucesión en tres temporadas. No hace falta cruzar el lago Como ni volar a una isla privada. Que la deslealtad a veces llega de donde [de quien] menos la esperabas.