Escenario, actores y argumento

OPINIÓN

Kiko Huesca

07 feb 2022 . Actualizado a las 05:00 h.

En una democracia en la que se debate poco, se sentencia mucho y se analiza la política como si fuese fútbol, es normal que pase lo que pasó el jueves en torno a la reforma laboral. Porque, moviéndonos en un ambiente en el que una oposición fragmentada suele votar no, un Gobierno dividido suele votar sí, y un grupo de partidos que no creen en el país solo votan para crear situaciones absurdas y aprovecharse de los disparates resultantes, lo más normal que nos puede pasar es que un diputado se confunda, dos diputados se subleven, que la presidenta del Congreso no sepa si el decreto ley queda derogado o ratificado, y que surjan millones de intérpretes que, acogidos a los estatus de informadores, políticos, científicos y humoristas, pueden hablar veintitrés horas al día sin apearse de ninguno de sus prejuicios ni ninguna de sus ignorancias. Por eso es difícil de entender dónde está el problema, y por qué nos pasa lo que nos está pasando, que ni es tan raro como parece, ni tan importante como dice Yolanda, ni tan trascendente como dice Sánchez, ni favorece a la derecha tanto como cree el politólogo falible y fallido Pablo Iglesias. Por eso puede decirse que la causa del escándalo en el que nos hemos instalado no radica en el argumento de este esperpento colectivo, sino en la sensación de desbarajuste subyacente que reina en España desde las elecciones generales del 2015. Así es el escenario. 

Los actores principales de este vodevil son: el cuerpo electoral, que, para regenerar la política y hacerla más eficaz, votó —porque le dio la gana, claro— con irracionalidad meridiana. Debilitó las mayorías; empoderó a los populistas; fragmentó el Congreso, hasta convertirlo en una Torre de Babel; y puso el futuro en manos de independentistas, provincialistas, filoetarras, y adanistas, que quieren inventar otro país, otra forma de ser y otra democracia. De ahí salió Sánchez, el de la palabra de chicle, y el artífice de la Frankenstein. Ahí encontró su hábitat el habilísimo PNV, que aprobó los Presupuestos de Rajoy, votó la censura de Sánchez, forzó la primera caída de Sánchez al tumbarle su primer Presupuesto, se apuntó a la Frankenstein para aventar el caos y dejó en la estacada la reforma laboral. Y de ahí surgieron también Vox, este PP, los teruelesqueexisten, los podemitas de Belarra y las futuras y chulísimas plataformas del comunismo centrista.

Sobre este lábil escenario, y con un elenco de actores que nunca pudieron soñar Sófocles o Shakespeare, es evidente que el argumento no importa, porque todo sucede de forma que siempre es posible convertir en payasada cualquier argumento que se escriba, cualquiera que sea la troupe que actúa, y cualquiera que sea el público que, instalado en la clac, los palcos o el patio de butacas, siempre está dispuesto a aplaudir a los suyos, y a silbar a los de enfrente, en el momento en que les den la señal de la clac. Así es nuestro teatro: predecible, aburrido, mal iluminado, lleno de toses, y, lo que es peor, siempre repetible.