A propósito de México

OPINIÓN

Sáshenka Gutiérrez | Efe

Para encuadrar y entender las cantatas políticas de López Obrador debemos recordar que México es un enorme país de dos millones de kilómetros cuadrados (cuatro veces España), y con 129 millones de habitantes (tres veces España). Su PIB per cápita es de 7.600 euros (en España 27.000). El salario medio, de 5.300 euros anuales (en España 26.500). El gasto per cápita en educación es, en México, 352 euros, frente a los 1.700 de España; y el de sanidad alcanza los 232 euros per cápita, frente a los 1.700 de España. En México se registran 29 homicidios anuales por cada cien mil habitantes (en España 0,7), y los indicadores de desigualdad y pobreza son en aquel país alarmantes.

Con este sucinto marco ya se puede valorar el acierto que tuvieron los mexicanos al poner al frente de su país a un populista indocumentado y lenguaraz que, en vez de tomar conciencia de sus problemas interiores, ha elegido un enemigo exterior, llamado España, que, en vez de ser descrito como el creador del México actual, es presentado como un malvado Saturno que, a pesar de estar a dieta, quiere devorar a sus hijos. De lo cual se deduce que la única explicación que hay para los esperpénticos y continuados discursos de López Obrador es que, tras haber adoptado una política populista, no queda más remedio que esperar a que se estrelle contra su propia ignorancia y deje paso, si el pueblo quiere, a una restauración democrática y eficiente.

Visto desde aquí, no parece que López Obrador sea capaz de llevar a México a una confrontación cultural y económica con España. Pero hacemos de esto una lección de política, debemos reflexionar sobre lo qué está pasando en la América Latina para que, en medio de una gravísima crisis política, económica, social y sanitaria, los mexicanos se encomienden a López Obrador, Centroamérica —con las débiles excepciones de Costa Rica y Panamá— esté abocada a vivir en Estados fallidos, que Venezuela siga desgobernada por un dictador como Maduro; que Chile haya optado por una deriva revolucionaria que va a destruir el sistema anterior, sin tener posibilidad de alumbrar una alternativa. En Perú escogieron a Pedro Castillo, un comunista folklórico, para salir del laberinto. En Bolivia aún no pasó, ni se espera, la resaca de Morales. A Brasil lo guía el ultra Bolsonaro. Colombia sigue surfeando sobre la división social y la violencia. Ecuador está dirigido por coaliciones casi imposibles, y Paraguay se sigue escaqueando en su propia irrelevancia.

Todo apunta a que la licuación política de América Latina es ya inevitable, y a que su próxima crisis tenga casi todo de autoritarismo y casi nada de oportunidad. Las excepciones son Uruguay, muy pequeña para servir de faro democrático, y Argentina, que, aunque va por la vida luciendo pedigrí democrático, no tiene tiempo para gobernarse, porque siempre está ocupada en renegociar su deuda. Y esto significa que, aunque lo de México se puede explicar citando a López Obrador, creo que el problema de América es más duro y general de lo que podemos asumir.