El conflicto es parte esencial de la política, por lo que hay que calificar de utopía cualquier intento de enmarcar su ejercicio en la fraternidad y la generosidad de sus protagonistas. Un conflicto se puede esconder, pero no evitar, y por eso sabemos que los desórdenes, las luchas de poder y las deslealtades estallen en los momentos más inesperados, y con protagonistas que, en términos objetivos, deberían sentirse satisfechos de la posición que ocupan en el organigrama del partido. Sustos como los que está viviendo el PP se pueden rastrear en todos los partidos y bajo cualquier liderazgo. Y tan graves acostumbran a ser que raras veces se puede saber qué parte del conflicto va a contar con el beneplácito de un pueblo que, operando desde la parcialidad y las emociones, otorga la victoria y el poder —verdadero metrónomo de los impromptus políticos— sin plegarse en absoluto a méritos y capacidades.
Ahora, tras dejar el birrete de politólogo, les voy a hablar como político macerado. Porque lo mío con el PP, que también fue de espionajes, trampas y dirigentes de escasa categoría, me hace conocedor de algunos oscuros recovecos. Porque fui yo, que estaba satisfecho de mi posición, quien desencadenó aquel terremoto. También fui yo, que salía de ganador, el que acabó perdiendo. También fui yo el que, a pesar de dar mejores explicaciones de aquellos hechos, no conseguí que nadie me escuchase ni entendiese. También fui yo el que salió triturado y maltrecho por el uso indecente de una decisión solidaria y conocida por todos, tras ser obligado a jugar la final en campo ajeno, y con un árbitro judicial casi ciego y absolutamente casero. Y, a pesar de lo leído y experimentado que parezco, también sigo siendo el que, 35 años después, cuando ya no me estorban las derrotas, las traiciones y los penaltis que me pitaron fuera del área, no consigo dilucidar en mi conciencia si fui un santo o un demonio, un genio o un imbécil, y un visionario estratega o un topo ciego que solo trabajaba con las patas.
Por eso no quiero atribuir victorias, ni derrotas, ni culpas o disculpas, hasta que pase el tiempo y se acumulen los datos y obviedades. Y por eso veo este dramático conflicto como una guerra en la que pierden todos y no gana nadie, y como una ocasión casi perdida para ponerle fin al desbarajuste moral, jurídico y sistémico en el que nos estamos recociendo. Cuando hablo de gobernar Castilla y León, y pontifico sobre las soluciones, lo hago apoyado en los resultados electorales y en la lógica de Pedro Hispano, que está vieja pero no chocha. Pero el veredicto de este conflicto depende mucho más de las emociones de los seareiros que del análisis de los politólogos. A nosotros solo nos queda averiguar si en estas circunstancias es posible hacer algo bueno, que nadie discuta. Y la respuesta es que sí, porque yo lo hice. Ya que, terminado aquel tsunami, y repuesto en mis habilidades, dimití de todo y no volví a tocar balón. Y gracias a eso llevo 32 años disfrutando de la vida.