Son apenas tres líneas cerrando un subtítulo en una pieza que no es una cualquiera. Calladita estás más guapa. Cuatro palabras que silban como cuatro balas cuando un abogado se las ha disparado a la hermana de Déborah Fernández. Un agujero de calibre 22 —casi tantos años como los que la familia lleva buscando justicia— por el que asomarse a la realidad diaria. Y es inevitable pensar si sirve de algo emitir decenas de minutos en telediarios sobre violencia machista, acoso sexual y brechas salariales. Si tienen algún tipo de efecto todos los documentales y series que aboyan con la primavera en plataformas. Si alguien lee realmente todos esos mensajes que durante estos días han estado inundando las redes sociales.
Y sí. Sí que vale. Es una batalla eterna, pero las que nos han precedido han ganado para nosotras el derecho de hablar. Y no hay quien nos lo arrebate. Salir en manifestación gritando el nombre de las que ya no están, como Déborah, y que se acabó silenciarnos. Hablar de lo que nos preocupa, de lo que nos pone felices y de lo que nos pasa. Levantar la voz en el bar, en el trabajo y en la calle. Discutir entre nosotras y con otras, dar nuestra opinión porque aunque a muchos todavía les moleste, nuestra opinión también vale. Y así, así es la victoria. Sostenerle la mirada a quien nos quiere cerrar la boca. Y hablar. Hablar de todo y de nada. Ya no hay quien nos calle.