Andamos por la mitad de la estación más seca del año y la superficie quemada en Galicia, y en el resto de España, ya se ha desbordado. No es extraño, pues, que surjan las valoraciones acerca de los porqués de tanta destrucción. Sin agotar la lista, el abandono de la silvicultura debido al despoblamiento rural, y el énfasis en las medidas de extinción en detrimento de una adecuada prevención son algunos de los factores que alimentan los incendios. Si a esto añadimos el aumento de temperatura al que estamos asistiendo, el resultado es una explosión incendiaria y que irá a más con los años.
¿Por qué arde el monte? Si exceptuamos los episodios en los que una tormenta seca, u otro fenómeno natural, provoca el incendio, el monte arde porque alguien le pone fuego y luego se tarda demasiado en extinguirlo; tanto que para entonces la superficie quemada ya es inmensa. En realidad, esto equivale a decir que el monte arde porque el valor económico que sus propietarios obtienen de él es escaso, y también lo es el valor que la sociedad le otorga como proveedor de servicios ambientales. Así, la gestión del monte que efectúan los propietarios más involucrados consiste en plantar y cortar las especies arbóreas más rentables económicamente, lo cual es pura racionalidad económica. Y coincide que estas especies son también las más ignífugas, pero quienes las plantan no van a sustituirlas por otras menos combustibles porque una ley prohíba plantarlas. En todo caso, dejarán sus montes sin plantar. La gestión de otra parte de los propietarios, simplemente no existe. El lector puede intuir fácilmente el porqué.
Modificar este estado de cosas es una tarea ardua y que implica actuar en muchos y variados aspectos. Aquí me referiré a uno: el que consiste en proporcionar los incentivos correctos para que el monte tenga el valor del que hoy carece. Si queremos que los propietarios planten especies resistentes al fuego, las cuales reforzarían los servicios ambientales del monte (por temas de paisaje, recursos hídricos, oxígeno, créditos de carbono, etcétera), hemos de darles los incentivos adecuados. La rentabilidad de plantar y mantener dichas especies ha de ser como mínimo igual a la que proporcionan las especies más comerciales, para lo cual al rendimiento de las especies menos rentables habrá que añadir el pago por servicios ambientales. Invito al lector a que visualice el monte de su entorno bien cuidados y, a continuación, lo imagine totalmente quemado. ¿Lo ve? El pago por servicios ambientales debería reflejar la disposición a pagar de la sociedad por los servicios que obtiene de sus montes cuando están cuidados y libres de fuego.
Este aspecto ha de ser considerado, junto con otros que aquí no se mencionan, para abordar el problema de los incendios desde una óptica amplia y tratar de encauzarlo. De lo contrario, los equipos de extinción serán cada vez menos capaces de sofocarlos de la forma que hemos visto hasta ahora.