Tradicionalmente, las tradicionales palabras del rey, en el tradicional mensaje de la tradicional Navidad, no realizan grandes aportaciones. La tradición nos dice que el contenido se ciñe a una sucesión de brindis, saludos y buenas palabras. Desde 1975, que Juan Carlos I comenzó la tradición, las líneas generales son las mismas. Felicitaciones y deseos de ventura, llamamientos a la unidad y lamentos por los que más sufren. Año tras año pasaron de puntillas por los problemas reales del país. Porque estos mensaje están planteados más como saludo navideño que como otra cosa.
Pero el momento que vivimos, todo lo ocurrido en el último año, especialmente en las últimas semanas, hace que el de esta noche tenga unos elementos bien diferenciados de todos los anteriores. Porque pocas veces hubo tal acumulación de problemas y la tensión política y judicial nos condujo a una crisis institucional de tan extraordinaria relevancia. El año que dejamos atrás ha sido denso y tenso, y estuvo marcado por llamadas apocalípticas que no se cumplieron pero que nos ocasionaron sufrimiento; penurias familiares para sobrevivir, teorías conspirativas deslegitimadoras y crispación. Sobre todo, crispación.
Por eso, el mensaje de hoy ha de ser diferente. El rey está obligado a posicionarse sobre la confrontación inédita de los poderes del Estado y la polarización que todo lo invade. Desde diversos sectores se pidió un pronunciamiento real sobre lo sucedido. Pero no se produjo porque «debe ser el ámbito político y las instituciones referidas a quienes les corresponde resolver», según la Casa del Rey. Tampoco cuando, según parece, se lo pidió Pedro Sánchez. Aunque el artículo 56 de la Constitución establece como primera función de la jefatura del Estado «arbitrar y moderar el funcionamiento regular de las instituciones».
Ha dicho Núñez Feijoo que la declaración de independencia de Cataluña fue «menos grave» que la reforma del Código Penal. Y si entonces el rey tomó posición con un combativo discurso, no puede optar ahora por el silencio.
Lo tradicional, que es en lo que se escudan los inmovilistas, sería que esta noche el rey sobrevolase sobre lo que nos preocupa. Pero ni debe, ni puede hacerlo. Porque las tradiciones están para romperse. Y más en momentos como los que vivimos.