Desde luego, tenía que volver ese reflejo tan oscuro y tan fiel. La realidad levemente deformada a través de un cristal, que sin embargo es más realista que nunca. El mercado manejando los hilos de la dictadura social de unas redes que nos vuelven más antisociales que nunca y de las que es prácticamente imposible escapar. La conciencia trasladada completamente a un mundo virtual que se extiende hasta mezclarse perfectamente con el universo de lo tangible, tan duro de asumir que cada día aparecen nuevas formas de evadirse. La delgada línea que se difumina entre lo que es real y lo que, aunque falso, podría ser plausible. Los insultos y el odio, que salen casi gratis detrás de un avatar. Dice su creador que esta sexta temporada, inesperada y profundamente anhelada, se aleja un poco de la cotidianeidad, que sin embargo la persigue. Este mundo ha pasado por una pandemia, una guerra y otra crisis (si es que no es la misma). En las mesas de debate y de café empieza a ser cada vez más natural la inteligencia artificial, que abre nuevos caminos en un mundo en el que la normalidad se ha instalado en los extremos, desde los que, en vez de tender puentes, se lanzan piedras. Quizá pueda abstraerse, o quizá no. Porque lo grandioso de Black Mirror es su propio nombre: un espejo que, aunque oscurecido y un poco deforme, devuelve a este mundo su propio reflejo.