Son muchísimas las llamadas y mensajes recibidos por los resultados electorales. Transmitiéndonos que, ante el panorama general, teníamos que estar bien orgullosos. Una gran pena que magníficos alcaldes y presidentes autonómicos tuvieran que llevarse las bofetadas que iban dirigidas a otros. Los partidos políticos no están para polarizar. Querer sacar rédito de una sociedad polarizada, fomentando el frentismo partidista, es pan para hoy y hambre para mañana. Porque empeñarse en gobernar de espaldas a la dura realidad, renunciando a los cambios tranquilos y consensuados, dejándose por el camino señas de nuestra propia identidad y renunciando al deber primordial de todo gobierno que es gobernar para todos, para esa gran mayoría social que representa a nuestros pueblos y a nuestro país, para dar plena satisfacción a pequeñas minorías, generalmente muy radicalizadas, es condenar todo lo que de esta manera se pudiese conseguir a ser algo totalmente efímero. Porque el siguiente, sencillamente, lo va a derogar. En España sigue existiendo una gran mayoría tranquila, sin más confrontación que la normal en una democracia, que pone y quita gobiernos en libertad y que rechaza la crispación y la polarización. Precisamente el terreno de juego en la que algunos quieren seguir viendo, por desgracia, su oportunidad. Pero una oportunidad condenada, de nuevo, a fracasar. Si alguien se considera responsable de unos resultados electorales desastrosos, después de caer en el inmenso error de convertir unas elecciones municipales y autonómicas en un verdadero plebiscito sobre su persona, pues solo tiene dos salidas: irse o corregirse. Pero resulta que esa misma noche se escogió una tercera sin que ningún órgano del partido la explicara, debatiera o aprobara. Es lo que tienen los liderazgos mesiánicos. Que entre el líder y las bases de su partido no hay nada. Erigiéndose uno así en el intérprete supremo y único de la voluntad general. Jamás vi nada igual en el PSOE. Será por eso que cada vez estoy más lejos de mi partido y de sus lideres actuales. Y quizás también será por eso que ninguno de ellos me llamó hasta el día de hoy para felicitarme. Llamadas que tampoco eché ni en falta ni de menos. Me imagino que ya tienen bastante con pensar en cómo va a ser su futuro a partir de ahora. Por supuesto, de las llamadas más importantes, de vecinos, amigos y compañeros, no me faltó ninguna. Y esto es lo único que cuenta y vale.