
Cuando algo no nos gusta cerramos los ojos o giramos la cabeza. Es algo instintivo que hacemos desde niños. También pensamos en otras cosas para evadirnos. Se necesita un temple especial para encarar la amenaza. Recientemente, el Wall Street Journal nos recuerda lo que algunos venimos observando tras contemplar atónitos los datos anuales de patentes industriales de nuestros competidores: los europeos nos empobrecemos respecto a norteamericanos y asiáticos. Según ese periódico, en el 2035 la diferencia de renta por habitante entre un norteamericano y un europeo será la misma que hoy mantienen un japonés y un ecuatoriano. Si queremos preservar un sistema de bienestar único en el planeta ya debemos espabilar.
Los españoles, más atrasados si cabe, deben sacarse de la cabeza la letanía de converger con una Europa que diverge en cuanto a éxito económico y especialmente industrial. O avanzamos todos los europeos juntos o todos lo lamentaremos en breve. La Voz también constata cómo en la cartera mundial de pedidos de buques la relación entre Asia y Europa era de más de 10 a 1, y eso incluyendo el Reino Unido y Noruega en el equipo europeo. Sobre nuevas tecnologías, la situación aun es peor.
Cuando Lisboa fue asolada en 1755, tras el terremoto muchos observaron cómo el mar retrocedía tantos metros que afloraban viejos pecios, y luego llegó el tsunami. Lo mismo había sucedido en 1531, pero se había olvidado. En estos momentos, Europa sigue con su vida como si estuviésemos en el XIX y fuese, incluso atomizada en ínfimos reinos, la líder mundial en el saber y en el hacer. Pero, tanto por occidente como por oriente, sendas olas de éxito económico e intelectual llegan creciendo a nuestras costas.
Sin más integración estamos perdidos. En nada nos ayuda la fiebre nacionalista que desde Escandinavia baja por nuestro continente. Ningún Estado europeo, ni siquiera el mayor, puede asumir las inversiones que se precisan para competir con quienes ya van por delante.
Otro indicio. En Ferrol se desmantelan las gradas de las que salieron grandes navíos. Hemos perdido a don José Deus, émulo de Jorge Juan y de tantos marinos ilustrados que tanto hicieron por la ingeniería naval. Grandes glorias que deben inspirarnos para mejorar, pero sabiendo que las pequeñas naciones europeas ya poco pueden hacer por separado en el nuevo tablero mundial. La boya de Nueva York avisa de que el tsunami se está formando. Preparémonos para salvar lo más preciado, unidos y con la mejor disposición de ánimo. La cooperación no basta, necesitamos cohesión e integración.