¿Se puede fundamentar y programar una estrategia de país basada en mentiras o medias verdades y/o vaguedades? ¿Tiene base suficiente un proyecto de convivencia que se apoye en cifras y datos inconsistentes para el futuro de un Estado en un momento como el actual de plena transición digital, ecológica y de modelo energético?
Como alguien ha afirmado y creo que muy acertadamente, «la verdadera diferencia entre países que funcionan y fracasan descansa en la calidad de sus instituciones, basada en la capacidad moral y profesional de las personas que las llevan y dirigen».
Juan Iranzo, catedrático de economía, en un artículo publicado recientemente, afirma que los Estados también pueden presentar suspensión de pagos, sobre todo cuando los gastos son mayores que los ingresos, fruto de un déficit persistente. Ese Estado, en un momento dado podría no ser capaz de financiar el gasto público que, por ejemplo, en el caso de España en el año 2020 se incrementó, adicionalmente, debido a las políticas de lucha contra el covid. Nuestra deuda en apenas quince años se ha multiplicado por tres.
La deuda pública puede convertirse en muy perversa, sobre todo cuando se ha generado para hacer frente al gasto corriente y no a inversiones (véase el estado de ciertas infraestructuras como la A6 y sus viaductos). Pero, por encima de todo, lo que tendremos que tener muy presente y estar vigilantes es la presión fiscal que se ponga en marcha para compensar una parte de aquel aumento de gasto y que en buena medida puede incurrir en aspectos confiscatorios, con una extracción de rentas que intente gravar capacidad económica no ajustada a derecho. Con demasiada frecuencia los parlamentarios nos conciben como habitantes de una guardería, afirma Pablo de Lora en su libro Los derechos en broma; es lo que él llama un Estado parvulario, ante un poder político y una pléyade de partidos políticos que con demasiada frecuencia nos tratan como niños.
Borges nos recuerda y enfatiza que la cobardía y la desidia tienen la culpa de que el mañana y el ayer sean iguales. España se ha acostumbrado a consentir y sufrir una tropelía tras otra por un régimen cautivo de sus propias mentiras que debe falsificarlo absolutamente todo. Se falsifica el pasado, el presente y también el futuro, e incluso las estadísticas; es decir, un torrente de vaguedades e imprecisiones, cuando no mentiras, que anulan cualquier posibilidad de disidencia tanto el aspecto económico como en el político. Los contribuyentes, ante esta tesitura, no debemos renunciar a una España de ciudadanos libres e iguales, creo que deberíamos recordar a este respecto lo que afirmaba el filósofo Edmund Burke: «Lo único que necesita el mal para triunfar es que los hombres buenos no hagan nada».