Las fronteras del año

Ramón Pernas
Ramón Pernas NORDÉS

OPINIÓN

ALBERTO LÓPEZ

Son sutiles, livianas, transparentes. Solo duran lo que tarda la noche en hacerse día, porque cada año nuevo es caprichoso y traspasa su propia frontera cuando se agota la noria de los trescientos sesenta y cinco días que decreta el calendario.

Los años van y vienen y se mudan cuando languidece el otoño y deja pasar al invierno, con su séquito de fríos y sus blancos cortejos de nieve que traen la luz más translúcida, que estoy seguro que nace en los laboratorios alquímicos de la mar, que es por donde llegan a esta parte de la tierra los años que nacen. Los que brotan en el corazón del agua que fabrica las olas.

La Nochevieja es la ceremonia de despedida que sumó doce meses, y en la cultura popular y campesina se quema lo viejo, se modifican marcos territoriales que delimitan las fincas y se franquean las puertas que se abren a la nada. Es como si el viejo Dante deambulara por el otro lado de la frontera del tiempo y cruzara la aduana virtual de la vida.

Y precisamente es aquí cuando llega la hora de realizar el balance del año que concluye, de mirar para atrás, de recordar las ausencias irreemplazables, de echar de menos a los que se fueron, aquellos a los que ya no podremos abrazar nunca y que dejaron en nuestro corazón un territorio desolado.

Y ansiamos que el año que comienza abra las puertas de enero de par en par, y que nos deje saludarlo con la cortesía atávica de un feliz año que es un deseo colectivo que trasciende a este lado de la frontera del tiempo. Y a quien conmigo va, le regalo la frase que reúne lo más selecto de todo lo imposible, y en mi eslogan incluyo la utopía del fin de los conflictos que creó el hombre desde que Caín asesinó a su hermano Abel.

Añado la petición de prosperidad para nuestra familia y la colectiva de todos los amigos, para quienes solicito fortuna y bienestar, lo mismo que demando para mi pueblo y mi país y para este mundo donde habita toda la humanidad.

Y en un par de líneas escribo Ucrania y Palestina, junto a las olvidadas guerras del continente africano, para que el dolor y la muerte sean desterrados de la faz de la tierra.

Pero el buenismo voluntarista es solo eso, un retorno a la utopía que no encuentra el camino de vuelta al lejano país de la inocencia y nos vuelve a ubicar en el lado más amargo y doloroso de las fronteras del año, de todos los años, desde que aprendimos a contar. Ya vamos por el 2024; que nos traiga la esperanza que perdimos. A este lado de la frontera está el abrazo.