En defensa del marisco

Eduardo Riestra
Eduardo Riestra TIERRA DE NADIE

OPINIÓN

El bogavante fresco gallego deleita paladares
El bogavante fresco gallego deleita paladares CARMELA QUEIJEIRO

Cuando veíamos en el cine Equitativa películas de romanos o de forzudos, los niños del siglo pasado nos quedábamos pasmados de los banquetes, con antorchas en las paredes, camas para los comensales y bailarinas contorsionistas para amenizar la orgía. A mí particularmente me entusiasmaban las patas de cordero que los vikingos comían con las manos mientras daban tragos de un vino rojo como la sangre y que se desbordaba barbas abajo. Yo admiraba a los vikingos sobre todo por eso. Que quede claro, pues, mi respeto por la decadencia. Pero lo de ciertos altos círculos de nuestra sociedad —traficantes, especuladores del suelo, políticos corruptos o no— con el marisco me parece una profunda falta de respeto. Para nosotros, los gallegos, el marisco es lo que se sirve cuando se casa tu hija o en la cena de Nochebuena. Un premio y una conquista. Por eso contemplar que Koldo come marisco a diario y tiene su despacho en una mesa de la marisquería La Chalana, donde recibe y alimenta con bogavantes a sus secuaces, exministros incluidos, me parece un insulto a los gallegos. El marisco como estado de ánimo. Que se asocie el marisco con la cocaína, el dinero negro, la prostitución, es contaminar al marisco y con él las aguas de nuestras rías. Los políticos deberían trasladar sus centros de operaciones a las cadenas de comida rápida y cambiar los percebes gordos por las patatas fritas metidas en un cucurucho de cartón. Y el marisco, para la boda de su hija: una vez en la vida (bueno, o dos).