Excluidos del alquiler por ser hombres

OPINIÓN

Anuncios de pisos en una inmobiliaria
Anuncios de pisos en una inmobiliaria Marta Pérez | EFE

09 jul 2024 . Actualizado a las 05:01 h.

Mi hijo comenzó hace poco una nueva etapa en su vida, tan dura y complicada como prometedora e ilusionante. Le llegó la hora de abandonar el nido y mudarse temporalmente a Santiago para estudiar la carrera. Una opción a la que consiguió acceder gracias al esfuerzo y a la suerte de alcanzar la nota exigida, asumiendo las consecuencias de tener que estudiar en una facultad ubicada a muchos kilómetros. Las trabas no le surgieron en los engorrosos trámites burocráticos. Tampoco para nosotros, sus padres, se convirtió en una línea roja el hecho de asumir los importantes gastos que, no sin esfuerzo, de muy buena gana aportamos. El problema llegó a la hora de encontrar una residencia digna durante los nueve meses universitarios. El afán de usura en la mayoría de propietarios y agentes inmobiliarios no tiene límites. Después de una buena temporada buscando un piso decente (normal y corriente sería la mejor definición) para compartir con otros tres compañeros, al fin consiguen negociar un precio cerrado de alquiler en la calle General Pardiñas. Trescientos euros por cabeza. Aunque soy una persona de letras, la suma me sale sola: al tratarse de un piso de cuatro habitaciones para cuatro estudiantes, el resultado es la friolera de 1.200 euros mensuales, a los que hay que sumar la garantía exigida de dos meses de fianza por adelantado. Cuando los chavales al fin consiguen cerrar el acuerdo (verbalmente) con la inmobiliaria y concretan cita en su oficina para la firma del contrato, los padres nos encargamos de la recaudación para el abono anticipado. Y es aquí lo que parece una broma de mal gusto: cuando los estudiantes se presentan en la inmobiliaria a la fecha y hora acordada, les informan de que los propietarios se retraen, alegando como único motivo el género de los candidatos: solo aceptan inquilinas. Sí, terminado en «as», el plural femenino. Después de esta exposición, me gustaría hacer una breve reflexión sobre un proverbio popular: «Somos la consecuencia de nuestros actos». Si existe la igualdad, entiendo que debería ser imparcial en todos los ámbitos, y que nadie debería emplearla como escudo ni ser excluida por los que, sin ninguna objetividad, consideran que les perjudica. MARÍA del Mar Pardo de Donlebun Santander