Uno de mis tíos, Juanele Juega, era piloto militar. Mientras colaboraba en las tareas de rescate de los afectados por la gota fría —entonces no existía la dana— de 1957 en Valencia, su helicóptero perdió sustentación bruscamente y se estrelló en una zona anegada. Tuvo suerte, y lograron sacarlo de la carlinga inundada con tan solo una conmoción cerebral y un par de fracturas.
Muchos años más tarde, a cuenta de otras inundaciones, nos contó su experiencia allí, porque no era algo de lo que hablase con frecuencia o alardease en absoluto. Como para muchos militares, policías, guardias civiles o bomberos, esas son misiones para las que tienen que estar siempre listos. Es una parte de su deber. En principio, se puede pensar que es lo que les toca hacer, porque va en el sueldo. Pero con frecuencia, como hemos visto estos días, van más allá, poniendo en riesgo sus vidas si creen que hay opciones de hacer todavía un poco más. Eso es lo que le había pasado a Juanele, y supongo que por eso la ciudad lo nombró hijo predilecto. Hay otras personas que, como estamos viendo estos días, se merecen ese título de hijos predilectos, no ya de una ciudad, sino de la humanidad. Son esos que, no teniendo obligación, van a ayudar a otras personas, dejando aparcadas temporalmente sus propias vidas porque algo en su interior les dice que es lo que hay que hacer. Lo que nos empuja a realizar ese tipo de actos es la empatía. Empatizar con alguien no es pensar de la misma manera, sino comprender y sentir cómo se siente, cómo le ha afectado una situación. De alguna manera, ponernos en su lugar. La base de la empatía son las llamadas neuronas espejo. Cada persona puede tener un número diferente de ellas: se calcula que tenemos aproximadamente 1.000 neuronas espejo en cada milímetro cúbico de cerebro. Pero lógicamente, no todos somos iguales. Cuantas más neuronas espejo tengamos en nuestro cerebro, mejor entenderemos las acciones y emociones que siente otra persona. Probablemente, encontraríamos un número elevado de ellas en el cerebro de mi tío, y seguro que en el de los voluntarios que han acudido a la zona arrasada por la dana, también. Estas neuronas también explican por qué las emociones son contagiosas, y por eso la visión de la angustia pudo hacer que a la reina se le saltasen las lágrimas; y tenerlas bajo control permitió que el rey se mantuviera en su sitio, cumpliendo con lo que entendía que era su obligación en un momento crítico a pesar de que su cara traslucía la dificultad de hacerlo, como militar en una misión. Pero para algunos investigadores, el mal funcionamiento de estas células nerviosas, de esas neuronas espejo, es la causa de diferentes trastornos del espectro autista. Creo que no hay que ser un lince de la neurobiología para saber que en el cerebro de alguien que teóricamente representa al pueblo —a todo el pueblo, con independencia quién o en qué región la hayan votado— proclama que los diputados no están para achicar agua, hay menos neuronas espejo que en una caja de naranjas (de Valencia).