
Uno de los bulos de este fin de año ha sido el que sostenía que el papa Francisco había ordenado cambiar el nombre de la Navidad por «fiesta de la paz». Para dar verosimilitud a esta mutación, la patraña añadía que el motivo era «ser más inclusivo».
Los autores de estos embustes recurren al principio más tramposo de la comunicación política: «La verdad no importa; importa lo que es verosímil». Si a esta creencia táctica le añadimos que mucha gente cree lo que quiere creer, podemos concluir que el mundo se ha vuelto más incierto no tanto porque no sepamos qué va a ocurrir en el futuro (que nunca lo hemos sabido), sino porque nos empeñamos en hacer versiones distintas y partidarias de los hechos del presente e incluso nos empecinamos en retorcer los del pasado. En este contexto fangoso es difícil distinguir la verdad de la mentira, hasta el punto de que la primera se ha convertido en una mera opción.
Entre los hechos y sus versiones se encuentran fundamentalmente los pasillos y los bares, las redes sociales y los medios de comunicación. Tal vez las redes sean también una especie de pasillos o barras de bar donde se cruzan a la velocidad del ojo humano las opiniones generalmente con poco calado reflexivo. Espacios aparentemente abiertos que facilitan, muchas veces desde el anonimato, decir lo que se piensa sin pensar mucho lo que se dice y, desde luego, sin cuidar demasiado cómo se dice. Lugares donde se prefiere hablar a escuchar y donde las emociones se sobreponen a las razones.
Las plataformas que gestionan las redes sociales no son neutras ni neutrales. Las opiniones de las personas tampoco son neutras ni neutrales. ¿Cómo conciliamos entonces la divulgación de opiniones de parte a través de plataformas que toman partido con la necesidad de disponer de filtros creíbles y rigurosos que sirvan de referencia para articular un marco de convivencia sostenible?
Si los bares no garantizan el rigor por la mezcla de sustancias, en las redes prevalecen los disparos de francotirador sobre las conversaciones, solo queda apelar a la conciencia ética del individuo y al papel guardián de los medios de comunicación.
La construcción de la ética requiere un edificio institucional robusto, cuyos cimientos sean los valores que garantizan la convivencia, las paredes no sean muros sino soportes de ventanas abiertas a la transparencia, y el tejado esté construido con hechos contrastados y contrastables. La relajación ética en la que vivimos resquebraja los fundamentos del edificio democrático y pone en riesgo la propia libertad de expresión, como prueba el preocupante avance de las autocracias en la última década.
Finalmente, nos quedan los medios de comunicación. Es útil distinguir aquellos en los que prevalece aún la información sobre los que optan por el entretenimiento. Sobre los primeros recae la tarea de vigilar la verdad, actuando como una especie de policía cuya placa no es emitida por los poderes públicos, sino por la ciudadanía. Medios que no ocultan su línea editorial, ni sus propietarios, sino que responden a unos principios deontológicos, separan claramente la información de la opinión, seleccionan los hechos que consideran relevantes para sus audiencias y asumen su responsabilidad como formadores de opinión. Necesitamos el periodismo para evitar que la verdad sea una mera opción.