David Lynch y su John Deere

Mariluz Ferreiro A MI BOLA

OPINIÓN

19 ene 2025 . Actualizado a las 05:00 h.

David Lynch. Su nombre envenena nuestros sueños. Media España (así lo decían las audiencias de Telecinco) estuvo preguntándose en el siglo pasado quién mató a Laura Palmer. En millones de cerebros resonaba y todavía resuena el eco de los acordes hipnóticos de la música de Angelo Badalamenti. Las series ya nunca fueron igual.

Lynch agitó el cine y la televisión con su aliento surrealista y provocador. Con sus personajes caminando a la vez bajo las aguas y sobre ellas. Con sus recitales de desconcierto. Fue de esos genios que logran levantar su propio universo, pero pueden dinamitar en un momento dado los cimientos de su castillo para cultivar sobre la tierra limpia una simple flor. Esa bella flor de Lynch fue Una historia verdadera. Una delicia verla un día de sol amable en un cine de barrio en aquellos tiempos en los que el teléfono se usaba para hablar. Se presentaba en el horizonte como un pequeño placer. Pero son los pequeños placeres los mejores bocados de la vida. Una historia verdadera rescataba el viaje real de un anciano cruzando Estados Unidos para reconciliarse con su hermano enfermo antes de que la vida o la muerte no les ofrezca más oportunidades. Y nada más. Sin densas pesadillas salidas del pozo turbio del subconsciente. Sencilla. Tierna. Agridulce. Un paseo de Iowa a Wisconsin en un pequeño John Deere. Quién iba a decirnos que el mismo Lynch que nos había metido en el Dodge Charger de Dennis Hopper en Terciopelo Azul iba a acabar dándonos una vuelta con un paisaniño a ocho kilómetros por hora. David Lynch. Cómo le gustaba apagar la luz. Pero también sabía encenderla.