
Han vuelto y he vuelto. Hay una atracción enfermiza hacia ese grupo de parejas que creen que las infidelidades, las faltas de respeto, las dinámicas tóxicas y la misoginia desaparecerán mágicamente de su vida encerrándose unas semanas en una casa llena de personas a las que pagan por intentar llevárselas a la cama. La isla de las tentaciones, otra vez lo mismo, o quizá un poco más todavía, porque empiezan a notarse las costuras del guion, aunque la base, como la de unas buenas croquetas, se ha cocinado a fuego lento.
A Alba le han puesto ya la etiqueta fácil de loca, de histérica y de desequilibrada. Pero solo hay que mirar al otro lado, a la otra villa, al tío altivo que con su barba y sus gestos déspotas intenta que una morena siga dándole brillo a su propio ego para darse cuenta de que la manipulación emocional y el vapuleo psicológico ha sido tal que ya ni siquiera hace falta que él continúe con la luz de gas. Ya se la hace ella sola. Sin embargo, la imagen perfecta de la ansiedad es una Bayan llorando desconsolada por lo que puede estar haciendo Eros en la otra casa y una frase clave: si no lo ha hecho ya, me lo va a hacer. Sabe, en el fondo, que él es el peligro del que su cabeza intenta protegerla presentándole un escenario catastrófico, que tristemente ya ha ocurrido. Es difícil olvidar la imagen de tu pareja en la cama con otra.