
El transcurso de los años —y ya van seis— ha ido modulando o, más bien, transformando mi opinión no sobre el partido político que gobierna, sino sobre quien lo lidera. Y, como sucede en el sector privado, un líder no es más que la figura detrás de la que se encuentra un equipo acorde con el objetivo deseado por dicho líder. Así pues, cuanta mayor cualificación, experiencia y flexibilidad tenga dicho equipo, mayor será el porcentaje de éxito de cumplimiento del objetivo ansiado por el líder. Si, además, no existe una verdadera oposición al Gobierno —como consecuencia de una ausencia absoluta de ideologías políticas diferentes— tenemos como resultado un fortalecimiento del líder, que le invita a sentar las bases para erigirse ineluctable.
Aunque este escenario no es el deseado respecto de un Estado democrático de derecho, lo cierto es que, de ser así, estaríamos, sin más, ante una situación generada como consecuencia de la confluencia de un líder con un equipo a la altura de las circunstancias junto con una oposición sin contenido.
El objetivo es sencillo: perpetuarse en el poder. Y el equipo lo tiene claro y juega con ventaja, pues dispone de todos los medios a su alcance, resultando indiferente qué deba hacerse para conseguir el objetivo. La hoja de ruta está perfectamente definida, no dejándose nada al azar.
Efectivamente, la penúltima de las actuaciones llevadas a cabo por el Gobierno pone de relieve que el ansia de poder es la adicción por antonomasia. Nada se improvisa. Todo está programado y previsto.
En primer lugar, hace un año, y como consecuencia de la entrada de Saudí Telecom en Telefónica —operación autorizada por el Gobierno—, el propio Ejecutivo, alegando blindaje estratégico, se hizo con el 10 % de la misma.
En segundo lugar nombró ya en ese momento como consejero a una persona afín al PSOE, Carlos Ocaña, que, entre otros cargos, desempeñó el de jefe de gabinete adjunto y asesor de la oficina económica del presidente del Gobierno desde mayo del 2004 hasta abril del 2008.
Y ahora, de forma aparentemente atropellada y a petición propia, toma el control del consejo de administración de Telefónica mediante la destitución de su presidente y nombramiento como tal de Marc Murtra, estrechamente vinculado con el Gobierno y el PSC, decisión que no hubiera prosperado sin el beneplácito de Criteria —Caixa— y BBVA, cuyos intereses quedan alineados.
Telefónica es titular de Movistar, unas de las más importantes, por no decir la que más, creadora de contenido audiovisual en España. Se trata de un movimiento estratégico y necesario para conseguir el objetivo, ya que el control de la televisión pública no parece ser suficiente.
Asediados, tomados y controlados los poderes del Estado, ya solo queda controlar la esfera privada, suponiendo lo acontecido un nuevo hito en el manual, que no ocupa ya pocas páginas, sobre cómo perpetuarse en el poder y que, dicho sea de paso, todavía nos brindará más contenido.
Es una pena que un líder tan astuto, perspicaz y rodeado de un equipo a su altura no tenga como objetivo otro distinto, el de servir a la sociedad, así como garantizar una verdadera separación de poderes; pues, de ser así, no se vería obligado a claudicar ante nadie, a concentrar todos los poderes en sí mismo, ni a controlar todo cuanto esté o no a su alcance.