¿Para qué vale hoy la universidad?

Fernanda Tabarés
Fernanda Tabarés OTRAS LETRAS

OPINIÓN

UCAM | EUROPAPRESS

02 abr 2025 . Actualizado a las 05:00 h.

Entre las aspiraciones colectivas cumplidas en muy poco tiempo, la de llegar a la universidad puede que fuese la más flagrante. Vamos a pensar en cómo era la cosa en 1962 y cómo fue solo veinte años después cuando muchas familias normales enviaron a Compostela al que iba a ser el primer universitario en la historia de esa estirpe. Hay que recordar mucho y muy fuerte a esas madres que habían vivido puteadas por la porquería ambiental del franquismo que un día le abrieron la puerta del ascensor a una hija que acababa de matricularse en Derecho y alquilado un piso con tres amigas en la calle Donoso Cortés. No hubo muchas lágrimas de emoción y orgullo en esos ascensores, pero esa gran marcha hacia Fonseca fue uno de los mejores momentos de nuestra historia. Porque contradecía el viva la muerte, abajo la inteligencia que no dijo Millán Astray pero lo pensaba, porque le metió combustible del bueno al progreso equilibrado de un país quebrado y porque demostró a las madres que abrían los ascensores que a sus hijas les esperaba una vida mejor. Esa turbo-revolución que sacó lustre súbito a un país mellado no se hubiese hecho con universidades privadas, una singularidad en aquellos ochenta representada por cuatro únicos centros, la Pontificia, Navarra, Deusto y Comillas. Sucedió en la red pública, que vivía en sus claustros la misma tensión por la libertad que el resto de la sociedad. Tantos años después, el número de universidades privadas está a punto de superar al de públicas, que aún así siguen formando al 78 % de los jóvenes, aunque en la letra pequeña haya varios semáforos. Porque tras aquella revolución de los ascensores, físicos y sociales, hay quien busca hoy en la universidad (privada) un apunte curricular cosmético o, sobre todo, una promoción de camaradas que siempre vivieron en casas que no necesitaban ascensor.