El feo, el guapo, el malo y alguien más

Luis Ferrer i Balsebre
Luis ferrer i balsebre EL TONEL DE DIÓGENES

OPINIÓN

BENITO ORDOÑEZ

22 jun 2025 . Actualizado a las 05:00 h.

Los escándalos de estas últimas semanas han hecho que los medios construyan metáforas de la situación apelando a una trama propia de la mafia, pero creo que hay guiones más aproximados a la realidad de los hechos.

En el lejano pueblo de la Moncloa, donde las leyes se escribían en el viento y el poder era un silencio humeante, convivían tres figuras legendarias.

Pedro «el guapo» era el sheriff, impecable en su atuendo, con una mirada que vislumbraba un futuro brillante y un carisma propio de aquellos que se saben poderosos. Su llegada al pueblo fue como un amanecer de orden y prosperidad. Había quienes lo veían como el adalid de la justicia, siempre dispuesto a mediar y a buscar el bien común, aunque a veces sus decisiones fueran tan rápidas como su gatillo. Era el rostro amable, el que daba la cara y el que, con su porte, parecía capaz de domar cualquier tormenta.

Luego estaba José Luis «el feo», el viejo capataz, un hombre tosco, de pocas palabras y con las manos curtidas por el trabajo duro. No era de los que posaban para las fotos. Su lealtad era inquebrantable y su método era el del regateo en la trastienda del «salón». Aunque su apariencia no era la más refinada, era el que movía los hilos invisibles, el que conocía los atajos y las entrañas del sistema, el que, en silencio, se encargaba de las tareas menos agradecidas y turbias. Era el pragmatismo encarnado, el que se ensuciaba las manos para que la maquinaria siguiera engrasada rodeado de coristas.

Acechando en las sombras se encontraba Santos «el malo». Un pistolero de mirada fría, conocido por su habilidad para aparecer y desaparecer sin dejar rastro, y por su destreza en los duelos estratégicos de chistorra y San Fermín. No buscaba el aplauso, sino la victoria. Sus métodos eran contundentes y, a menudo, implacables. Era el estratega silencioso, el que preparaba las emboscadas y el que no dudaba en apretar el gatillo si la situación lo requería

En este escenario, «el guapo» se llevaba los aplausos, «el feo» mantenía la estructura en pie desde las sombras, y «el malo» se aseguraba de que los elementos menos transparentes se manejaran con discreción.

Los flanqueaba el temible Koldo García, un golem capaz de hacer añicos un árbol con sus manos y comerse un enano asado. Koldo, como Quasimodo, sabía que no era de ese mundo y que tarde o temprano lo echarían de la fiesta. Esperó su momento y cantó en latín.

Y en el fondo del salón, a resguardo de miradas indiscretas, un pianista de cejas circunflejas tocaba el Alma Llanera.