Aquellos chicos tenían menos de 18 años. Parecían prestar mucha atención cuando les intentaba explicar cómo las noticias falsas corren a sus anchas por las redes sociales. Y cuando les advertía de que, por obra y gracia de la IA, ya no nos podemos fiar de las fotos, los vídeos o los audios que nos llegan de fuentes que no son de confianza. Pero se sorprendieron bastante cuando les hablé del emperador de la desinformación, del gran campeón de las mentiras, y elogié varios de sus rasgos.
A Trump hay que reconocerle su carisma, su dominio de la escena mediática y su capacidad para hablarles a los ciudadanos de a pie como si no fuera un multimillonario. ¿Soy trumpista? No. Donald es una calamidad como gobernante, no tiene estrategia, se rodea de gente incapaz y no disimula que su presidencia va a servir para enriquecer a su familia, pero tiene cualidades. Y a veces acierta o no es dañino.
Vivimos tiempos agitados, llenos de días que parecen históricos y solo son histéricos. En un esquema totalitario, mucha gente con poder acentúa lo que nos separa en vez de lo que nos une. Se empeña en trazar una línea gruesa y pedirnos que nos pongamos a uno u otro lado, que no pensemos por nosotros. O eres partidario, y crees en todos los aspectos y manifestaciones de la causa, o eres un traidor. O, peor aún, un tibio.
Si eres del PP, Pedro Sánchez no puede tomar una decisión correcta, aunque ponga en su sitio a Trump. Y si apoyaste a los socialistas, Feijoo se equivoca siempre. Víctimas de ese esquema perverso, nos ponemos camisetas ajenas, nos metemos en una burbuja, y acabamos votando contra nuestros intereses, siempre afines a nuestras creencias, fijadas por el inefable líder o, peor aún, por un oscuro algoritmo.