¿Hace Trump todo mal?

César Rodríguez Pérez
César Rodríguez JUEGO DE TRONOS

OPINIÓN

Donald Trump, en la Casa Blanca con la ministra de Exteriores de la República Democrática del Congo, Thérèse Kayikwamba Wagner, y su homólogo de Ruanda, Olivier Nduhungirehe
Donald Trump, en la Casa Blanca con la ministra de Exteriores de la República Democrática del Congo, Thérèse Kayikwamba Wagner, y su homólogo de Ruanda, Olivier Nduhungirehe YURI GRIPAS / POOL | EFE

29 jun 2025 . Actualizado a las 19:29 h.

Aquellos chicos tenían menos de 18 años. Parecían prestar mucha atención cuando les intentaba explicar cómo las noticias falsas corren a sus anchas por las redes sociales. Y cuando les advertía de que, por obra y gracia de la IA, ya no nos podemos fiar de las fotos, los vídeos o los audios que nos llegan de fuentes que no son de confianza. Pero se sorprendieron bastante cuando les hablé del emperador de la desinformación, del gran campeón de las mentiras, y elogié varios de sus rasgos.

A Trump hay que reconocerle su carisma, su dominio de la escena mediática y su capacidad para hablarles a los ciudadanos de a pie como si no fuera un multimillonario. ¿Soy trumpista? No. Donald es una calamidad como gobernante, no tiene estrategia, se rodea de gente incapaz y no disimula que su presidencia va a servir para enriquecer a su familia, pero tiene cualidades. Y a veces acierta o no es dañino.

Vivimos tiempos agitados, llenos de días que parecen históricos y solo son histéricos. En un esquema totalitario, mucha gente con poder acentúa lo que nos separa en vez de lo que nos une. Se empeña en trazar una línea gruesa y pedirnos que nos pongamos a uno u otro lado, que no pensemos por nosotros. O eres partidario, y crees en todos los aspectos y manifestaciones de la causa, o eres un traidor. O, peor aún, un tibio.

Si eres del PP, Pedro Sánchez no puede tomar una decisión correcta, aunque ponga en su sitio a Trump. Y si apoyaste a los socialistas, Feijoo se equivoca siempre. Víctimas de ese esquema perverso, nos ponemos camisetas ajenas, nos metemos en una burbuja, y acabamos votando contra nuestros intereses, siempre afines a nuestras creencias, fijadas por el inefable líder o, peor aún, por un oscuro algoritmo.