Inmortales

Luis Ferrer i Balsebre
Luis Ferrer i Balsebre EL TONEL DE DIÓGENES

OPINIÓN

JUSTIN LANE | EFE

29 jun 2025 . Actualizado a las 05:00 h.

Releía hace pocos días El inmortal, un cuento de Borges incluido en su colección El Aleph. Se trata de una profunda reflexión sobre la condición humana, la relación entre la finitud y el sentido de la vida, y la naturaleza de la memoria y la identidad. Un relato que cuestiona si una vida sin límites es realmente deseable.

El cuento trata de las paradójicas consecuencias de lograr la inmortalidad. Cuenta la historia de un manuscrito que narra la leyenda de un tal Marco Flaminio Rufo, tribuno romano del siglo III que, obsesionado con el mito de la inmortalidad, se lanza a la búsqueda del Río secreto que purifica de la muerte y de la legendaria Ciudad de los Inmortales. Al llegar allí, se encuentra una ciudad caótica, habitada por una especie de trogloditas que eran los inmortales. Rufo acaba bebiendo del río y volviéndose también inmortal.

Pero, lejos de ser una bendición, la inmortalidad se revela como una condena. La vida, al no tener fin, pierde el sentido, el esfuerzo no tiene valor y el conocimiento se vuelve inútil al no tener un para qué.

Con la inmortalidad no hay metas, no hay urgencia ni trascendencia. Todos los inmortales han vivido todas las experiencias posibles, volviéndose indistinguibles. La memoria se satura y se desintegra, los inmortales olvidan sus vidas pasadas, la acumulación infinita de conocimientos los vuelve apáticos. Tras toda una eternidad, los inmortales solo anhelan la posibilidad de morir.

Hay una analogía del relato con los tiempos que vivimos, donde, bombardeados por un exceso inabarcable de información, conocimiento y experiencias, tenemos acceso a la sabiduría de todas las épocas, a la vez que a las trivialidades y entretenimientos más insignificantes.

Igual que los inmortales de Borges perdían el sentido de la individualidad y la autoría de sus propios pensamientos, nosotros navegamos en un mar de contenidos donde es difícil distinguir lo original de lo replicado, lo profundo de lo superficial. La repetición de ideas, la difusión de memes y la instantaneidad de la información hacen que las voces se confundan y el valor de lo duradero se pierda. La atención es efímera, el interés volátil.

En los inmortales, el sentido del propósito y la trascendencia también se diluyen; de manera similar, en nuestra sociedad, la constante búsqueda de novedad y el relativismo moral a veces nos dejan sin brújula, sin metas a largo plazo que no sean el consumo o la validación instantánea. La búsqueda de la «verdad» o del «bien» se vuelve tan inmensa que parece inalcanzable o incluso irrelevante.

Quizá la sociedad actual anhele, sin saberlo, la recuperación de la finitud, de la singularidad y del valor de la experiencia limitada y auténtica.