Beckett fue un modernista cuando los modernistas eran la esencia pura del arte. Moderno en lo literario y moderno, también, en su modo de acometer la vida. Nació en una familia de alta extracción social. En su infancia estudió música y practicó los deportes más elitistas: llegó a representar al Trinity College de Dublín en varios torneos de cricket. Bien parecido, elegante, culto. Admiraba a James Joyce. Su devoción hacia él lo llevó a ser, en modo «fijo discontinuo», su asistente.
La hija bailarina de Joyce, Lucía, se enamoró perdidamente de él. Lo veía con su padre, que ya estaba un poco cansado de la existencia y de la mediocridad de los que dirigían el mundo cultural: tuvo que editar su Ulises con Sylvia Beach, una librera parisina, después de ser rechazado el original en varias editoriales.
Lucía miraba fijamente a Beckett. Tomaba notas y más notas. La bailarina, que no fue afortunada a lo largo de sus días, no miraba a su padre. Ella se perdía en los ensueños de Samuel. Una tarde descubrió que lo único que le interesaba a Beckett era Joyce, no ella. Cuentan que se agravaron todos sus males, múltiples, y que desde entonces su existencia se convirtió en una tragedia.
Samuel Beckett hizo de la tragedia un cuento constante. De ahí su afición al absurdo. Todos, con él, seguimos esperando a Godot. Pero Godot nunca llegará. Como no llegará la decencia a este país sumido en la mugre. Somos el muladar político principal de toda Europa. Somos lo que hemos votado. Y, algunos, siguen enderezando la cabeza pretendiendo justificar estos tiempos agrios. Tan agrios que ya solo nos queda musitar canciones. Mirar para otro lado y tararear viejas melodías: para borrar lo que vivimos. Olvidar lo que observamos, escuchamos, leemos.
Lo decía Beckett: «Cuando la porquería llega hasta el cuello, ya solo nos queda cantar». Yo intento cantar, como una terapia contra los malos tiempos. Pienso en Sánchez, y canto. Recuerdo a Sánchez, y canto. «Un buen socialista. Un gran secretario de organización. Un extraordinario negociador, como los resultados acreditan. Una persona que me ha acompañado siempre. Tiene toda mi confianza. Es uno de mis más estrechos colaboradores», la frase es del actual presidente del Gobierno. Se refería al hombre que Rodríguez Zapatero denominaba Supersantos. A su parecer era el político que no presumía, que callaba, pero alcanzaba grandes logros. El último ha sido acabar en la cárcel.
Aun así, hay quien defiende este Gobierno oscuro. También hay tripulantes que han abandonado el barco. Otros, permanecen. Porque, a pesar de lo que digan las encuestas falsas del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS), el PSOE está dejando de existir. Está en agonía. Y saben que cuando se hunda definitivamente la barca, solamente les quedará el arrepentimiento de haber sido los escuderos del peor presidente de la democracia. Sus cómplices. Ya ni siquiera, como Beckett, podrán cantar.