
Incluso la noche más clara de luna llena, en la que es posible contar las estrellas, puede esconder la desdicha. Una madrugada sangrienta: el raposo entró en el gallinero familiar. En la primera incursión sacrificó los treinta pollos de engorde que darían para no sé cuántos asados. Se llevó veintiséis. No se sabe cómo lo hizo, pero lo logró. Dejó las otras cuatro víctimas sin vida para muestra de su ensañamiento. No contento con la aventura, un mes después volvió y se llevó las cuatro gallinas ponedoras, tan buenas que suministraban huevos a toda la familia. Consideraba Álvaro Cunqueiro que el raposo es el animal más antiguo de Galicia y el único mamífero de la fauna galaica que sabe la lengua de Rosalía. En uno de sus relatos lo hacía amigo de un zoqueiro, que llegó a extrañarlo porque ya no regresaba a darle conversación y se preguntaba qué le costaría salirle alguna vez al camino. La pasada noche, cuando regresaba de trabajar, me topé con Alfonso, que es como le llamaba el escritor mindoniense. Lo pillé a la salida de una curva cuando él intentaba cruzar la carretera. En ese momento, empujado por la deriva bélica de Trump y Netanyahu tuve la tentación de pisar a fondo el acelerador y hacerle pagar el sacrificio de los pollos y las gallinas y el castigo de tener que ir a comprar huevos al súper. Se quedó inmóvil un instante, en una postura típica de regate, como reflexionando qué salida le quedaba. En un súbito flash mental me acordé de lo que decía el papa Francisco: los animales no son objetos, son criaturas con alma. ¡Pues tendría razón Cunqueiro! Así que frené, el raposo se metió en el maizal ya crecido y huyó, a por más gallinas.