El terremoto de Kamchatka ha demostrado muchas cosas
OPINIÓN

Vivir al lado del oceano Pacífico en Rusia no es seguro. Está al borde de la placa oceánica más grande del mundo, y en Kamchatka se unen dos arcos volcánicos: el de Kuriles y el de Aleutianas, lo que multiplica los riesgos de la penetración, por debajo de la Euroasiática, de la placa Pacífica, que se mueve a una velocidad de 100 milímetros/año.
Lo más grave es que la vibración submarina no solo ha afectado a la costa rusa, sino que, como cuando se tira una piedra a un charco, las ondas se han movido desde el epicentro submarino en todas direcciones encontrándose con el ancho mar y la profundidad de las aguas, lo que ha ampliado la altura de la onda marina que se ha propagado a gran velocidad, a veces hasta los 100 kilómetros por hora hasta alcanzar los países ribereños.
Lo más grave sería que esta onda atravesara atolones como las Maldivas, a 2,4 metros sobre el nivel del mar, porque el tsunami las arrasaría.
La costa española, especialmente en el Mediterráneo, presenta riesgos similares. Y también en el Cantábrico, que es una zona de subducción, potencialmente tsunamogénica, aunque no tan activa como la rusa. En cambio, la costa atlántica tiene más riesgo de tsunamis viajeros generados por las estructuras tectónicas del centro del Atlántico. Recuerden Lisboa en 1755.