Prometeo le robó el fuego a los dioses y se lo regaló a los humanos. Y estos queman el mundo. Las llamas se extienden como un tsunami a modo de plaga bíblica y la inundan de destrucción. Como un monstruo famélico, se traga lo que más deberíamos de querer y cuidar: el medio que durante milenios fue nuestro hogar y sustento. Es la otra marea negra, la de los montes destruidos. Mientras, nuestros gobernantes se incendian los unos a los otros al tiempo que la naturaleza agoniza. Les importa más el desprestigio del adversario que dar solución a uno de los grandes males de nuestro tiempo. Tienen que hincarle el diente al fuego y quemarse en las soluciones si fuese necesario. Y no se trata de tener más aviones, que posiblemente también. O de más prevención, siempre imprescindible. O de más bomberos y en mejores condiciones, probablemente necesarios. El monstruo que se esconde en los bosques es el abandono, la falta de biodiversidad, la carencia de planes y, en suma, el desamparo del rural. Ya se sabe que una chispa puede saltar en cualquier lado. Que hay pirómanos y personas sin escrúpulos que tienen la mecha lista. Sin embargo, en un monte bien gestionado es difícil que prenda el fuego. Una aldea activa, productiva, organizada y viva tendrá estrategias para evitar que los incendios provoquen efectos devastadores. En un bosque bien cuidado, con animales abundantes dominando la maleza, como antes, las llamas se rinden. Prometeo no le robó el fuego a los dioses para que los humanos destruyan el mundo. Se lo regaló por su bien, no para quemar el alma de nuestros pueblos. ¡Que se lo piensen!