
Aquel eslogan en una TVE en blanco y negro, y en carteles amarillos de latón en los árboles de las carreteras, debía de seguir en vigor. Ahora son incendios de «sexta generación», no fuegos avisados «a rebato» por las campanas parroquiales, por más que el continuo de las administraciones, desde el Estado a la autonomía, el ayuntamiento o la parroquia, no hayan logrado familiarizarse con estos incendios tan al uso en nuestros montes, pero también en aquellos californianos, chilenos o australianos. Incendios que alteran la estabilidad atmosférica y son capaces de generar tormentas de fuego, gracias a una atmósfera muy cálida y unos bosques altamente estresados y disponibles para quemar. Incendios de difícil extinción.
En 1976 llegó Los incendios forestales, el primer libro que los analizaba, editado por la Diputación de Barcelona, en una inusual serie de Cuadernos de Ecología Aplicada. Allí estaban Ramón Folch y Joan Castelló. La Asociación de Biólogos de Galicia (ALBE-Galicia), siguiendo su estela, analizó entonces los incendios en Galicia.
El catedrático Manuel Marey, ahora atendiendo a los montes en Castroverde con sus vecinos, en un excelente artículo publicado en la revista Grial en el 2013, señala que el fuego nunca fue un problema en Galicia, era una técnica ganadera básica para conseguir pasto en la época estival. Luego, explica, vendrían las repoblaciones del Patrimonio Forestal del Estado y aparece el fuego como protesta. Posteriormente, con el Icona, se puede utilizar el fuego como elemento administrativo de ocultación de lo no repoblado. Y en las elecciones de 1989, Fraga contra Laxe, como instrumento de confrontación política. La Política Agraria Común (PAC) de 1992 supuso un cambio radical de la agricultura europea, con subsidios para reforestar tierras agrarias y ganaderas. Nace también el Pladiga (Plan de Defensa contra Incendios de Galicia), que combatía el fuego en forma inversa a la lógica: extinción, detección y, si era el caso, prevención. Se llegó así a la industria del fuego y al papel de los incendios como elemento mediático.
De las políticas europeas y de la crisis demográfica se logró un territorio abandonado, quizá calificado en Red Natura. Siguieron los incendios, el 2006, otro en la memoria en el 2017 y quizá los del año pasado y los actuales. Un nuevo tipo de incendios con una capacidad destructiva sin precedentes. La respuesta política siempre suele ser la misma. Se movilizan los medios hasta donde se puede, visitan la zona, piden más de todo, incluidos soldados, se hacen la foto y afirman de nuevo que «esto no volverá a ocurrir». En estos tiempos de confrontación se añade el «yo no fui, que fue Madrid», en un intolerable juego de negar constitucionales responsabilidades o impotencias de los gobiernos, no solo en los incendios sino en las políticas previas ante las catástrofes, de lo cual se olvidan. Solo se acuerdan de Santa Bárbara cuando truena. En la desolación y la impotencia ante estos siniestros de fuego asoma a veces el ridículo.