
Dos cosas hemos aprendido de Trump: su arte en la negociación y sus profecías. Respecto a la primera, después de la lectura de su libro, sabemos que la negociación la plantea en cuatro fases: reclamar exigencias impactantes para sembrar el pánico; dar marcha atrás para abrir paso a la negociación con plazos limitados; inundar al público con información para distraer, confundir y evitar el escrutinio; y llegar a un acuerdo por debajo del nivel de amenaza inicial y vender el resultado como una situación en la que todos salen ganando. En lo tocante a sus profecías, preveía que el dólar se fortalecería y abriría una etapa de crecimiento; aunque sus críticos pronosticaban una estanflación (paro e inflación).
Hace unas semanas, EE.UU. llegó a un acuerdo comercial con la UE. Desde la Comisión Europea se dijo que era un acuerdo político, pero no legalmente vinculante; y desde la Casa Blanca se argumentaba la claudicación europea, alcanzando los estadounidenses un acuerdo soñado. Asimismo, nos encontramos que EE.UU. impone aranceles entre el 10 y el 50 % sobre las importaciones a sus consumidores y empresas, existiendo excepciones para algunos productos y países. Tales acuerdos son los aranceles más altos desde hace un siglo y van en dirección opuesta a las medidas adoptadas desde el nacimiento de la Organización Mundial del Comercio que buscaba la liberalización comercial; o sea, la disminución de barreras arancelarias y no arancelarias.
Se tiene argumentado que las medidas de Trump son un mero postureo; sin embargo, los tipos arancelarios efectivos han aumentado desde el 2 al 15 %, de promedio, y los ingresos por aranceles ascienden a una tasa anual superior a los 300.000 millones de dólares, aproximadamente cuatro veces el nivel del pasado año por estas fechas. De la misma forma, se esperaba que, al reducir las importaciones, los aranceles fortalecerían el dólar casi automáticamente. En cambio, el dólar sufrió tal caída en el primer semestre que fue el mayor descenso desde principios de la década de los setenta. Así, se llegó a estimar que cada punto porcentual de aumento de las tasas arancelarias restaría un 0,1 % al crecimiento de EE.UU. y añadiría un 0,1 % a la inflación. Sin embargo, hasta ahora las consecuencias han sido menos disruptivas de lo esperado.
Existe mucha inquietud en lo que pueda venir. La explicación hasta el momento radica en que los exportadores extranjeros están absorbiendo el 20 % de los costes y el restante 80 % se reparte entre las empresas y los consumidores norteamericanos. Esto es, el efecto económico negativo de los aranceles está siendo contrarrestado por otras fuerzas económicas como la obsesión por la IA y un mayor estímulo gubernamental. Es decir, no podemos dejar a un lado del análisis las fuertes inversiones en el desarrollo de la infraestructura de la IA (350.000 millones de dólares) pues, dicho entusiasmo, neutraliza tanto la incertidumbre de las políticas comerciales como las flexibles condiciones financieras, incluso con los actuales tipos de interés marcados por la FED. La respuesta la tenemos en la subida constante del mercado bursátil. No obstante, nos quedan varias cuestiones para abordar. La primera, ¿habrá menos comercio global? Probablemente, sí. El principal objetivo de los aranceles no es cambiar los excedentes y los déficits, sino encarecer el comercio y combinar la actividad entre sectores y países, dependiendo de los cambios en los costes del comercio. Por eso, las cadenas de suministro se verán alteradas con un menor comercio en general. Será debido a que los países redoblarán dinámicas de integración comercial por bloques regionales; se expondrán menos al comercio con EE.UU.; y se intensificarán las redes comerciales entre países amigos. O sea, los intercambios afianzarán políticas de relocalización empresarial y de friendshoring.
En segundo lugar, ¿cambiarán los desequilibrios del comercio global? La respuesta es que los flujos comerciales continuarán siendo asimétricos. Por un lado, EU, China y Japón son grandes exportadores de materias primas y economías con excedentes netos; en tanto que EE.UU., Canadá y el Reino Unido registran déficits elevados. Si Trump desea reducir sus déficits, tanto China como EU deberían eliminar o reducir sus excedentes. Ello supondría que podrían optar por poseer unas economías más controladas por el Estado; es decir, una canalización distinta de sus exportaciones, modificando sus balanzas externas; apostando por reestructurar sus economías. ¿Cómo lo harían? Financiando más inversiones en vez de acumular ahorros financieros; aprovechando la ocasión para la reestructuración industrial y una apuesta por sectores y actividades emergentes. Es decir, afrontando una economía reestructurada que no se basaría en las exportaciones a EE.UU., sino dirigida a infraestructuras o servicios, llevando a cabo una reasignación sectorial o cambio del modelo productivo.
En suma, las decisiones de Trump van a obligar a reaccionar a las potencias. China lo está afrontando con su nueva estrategia, la denominada China+1; Rusia proponiendo una renovación de su aparato productivo. ¿Y la Unión Europea? Pues, hasta el momento, ni se le ocurre, ni se le espera.