En el inventario siempre imprevisible de ocurrencias tremendas con las que el hombre ha tratado en la historia al que viene de fuera, la del carné por puntos viene a ser como el material esterilizado, de apariencia impecable pero igual de doloroso. Sé que imita el PP referencias culturales tan aseadas como la canadiense o la australiana pero, llámenme exquisita, a la propuesta le asoma la patita. Así que, puestos a innovar, y como lo que parece buscarse es que quienes entren vengan con el currículo humano y cultural impecable, lo que propongo es implantar un carné por puntos pero para españoles e inverso, como el de conducir, de manera que quien nazca en este territorio lo haga con una matrícula y diez puntos que se expondrá a perder si juguetea con su españolidad. El riesgo de acabar en el destierro es alto, no se crean.
Con la premisa más referida, la del idioma, nos encontramos con el primer problema. Interroguen a los profesores de lengua sobre el nivel de muchos paisanos y de ahí podríamos sacar una primera lista de deportados ipso facto, aborígenes que emiten una jerga híbrida alumbrada entre El Viso y Knightsbridge imposible de entender por mucho que hayas leído a Cervantes. Lo mismo pasa con las referencias culturales. Cuántos buenos españoles, españoles, españoles olfatearían la expulsión ensimismados como están en la nueva meca de los grandes entrepeneurs del 2025, Dubai, como se sabe culturalmente idéntica a Castrillo de los Polvazares.
El lío gordo lo tenemos, no obstante, con el currículo penal. Ahí el agujero podría ser tremendo, con la ventaja de que sería interclasista, desde el delincuente mísero al malhechor adinerado y con el roce del terciopelo todavía en las cachas.
Después de todo, ya hay españoles de los que nos desentendimos. Se llaman saharauis.