La democracia española ha dado políticos —cada uno con sus virtudes y defectos— que podrían englobarse en tres grandes grupos. Los años 80 llevaron al primer plano a dirigentes muy formados, conscientes de lo que tenían entre manos: una democracia que nacía y que había que reforzar. Había ideología pero también sentido de Estado y respeto por las instituciones. Fueron los tiempos de Suárez, González, Calvo Sotelo o Fraga, de quien, por ejemplo, el primer presidente socialista decía que tenía «el Estado en la cabeza».
España se moderniza y a finales de los 90 y en la década del 2000 emerge otro tipo de político: se rodea de profesionales de la comunicación, cuida el mensaje y da a entender que es un gestor, casi un tecnócrata. Hay ideología, pero sobre todo hay economía. Podría englobarse ahí a Aznar, Rodrigo Rato, quizá también al primer Zapatero, y en buena medida a Rajoy.
Y llegamos a los últimos quince años. Crisis económica, recuperación y unas redes sociales convertidas en campo de batalla. El márketing y las formas lo son todo, el fondo es lo de menos. Además están presionados por un subgrupo más disruptivo —Podemos, Vox—, que irrumpe por los extremos y lo condiciona todo, desde el programa electoral hasta la manera de comunicar y polarizar. Es ahí donde surge una nueva especie: los resistentes. Políticos con espaldas anchas, piel muy gruesa, sangre fría y capacidad infinita para aguantar golpes. Porque solo tienen un objetivo: sobrevivir en el cargo. Y los últimos días lo han demostrado hasta el extremo.
Uno tiene ya un largo recorrido: Pedro Sánchez. Donde dijo no al indulto y la amnistía, cuando lo necesitó dijo sí. Que su hermano, su mujer y sus secretarios de Organización estén inmersos en causas judiciales no parece motivo suficiente para dimitir. No en vano es el autor de Manual de resistencia, manual que ayer en el Senado tuvo que poner en práctica, sobre todo ante el sorprendente y duro examen de la poco conocida senadora de UPN, María Caballero, y el del acelerado interrogador elegido por el PP, Alejo Miranda. Cualquier ciudadano corriente se hubiera levantado, marchado a su casa y renunciado a todo.
El otro representante de la nueva especie es Carlos Mazón, aunque quizá ya merecería una categoría aparte. Sánchez tiene sobre la mesa casos de corrupción; el presidente de la Generalitat valenciana, más de 200 muertos.
No contento con reventar la campaña electoral de Feijoo en el 2023 pactando con Vox a espaldas de la dirección del PP, Mazón sigue al frente de la Generalitat un año después de la nefasta gestión de la dana. En realidad, ni gestión fue, porque aún no se sabe dónde estaba. Con su decisión de seguir en el cargo, insulta y muestra una absoluta falta empatía. Con su decisión de seguir, da alas a Vox y daña a su partido. Y si es cierto que se ha quedado hasta ahora para no perder los privilegios asociados a su futura condición de expresidente (salario, asesores, chófer...), entonces es que ha traspasado cualquier frontera y estamos ante un nuevo tipo de político: a los que no les queda ni un resto de vergüenza ni una pizca de respeto.