Vaya por delante que cada uno puede hacer lo que le dé la gana, siempre y cuando no afecte a una segunda, a una tercera o a una cuarta persona. La libertad termina donde empieza la del vecino. Escrito esto, leo el reportaje de mi compañero Andrés Quintián sobre la generación Z o centennials en la revista Yes de La Voz y me quedo muy tranquilo con el futuro. Son chavales preparados, con ganas de afrontar lo que les está cayendo, sobre todo si están en esos años de prepararse para lo que les viene o de empezar a currar y ver que hay más barro que oro en el debut laboral. Dice uno de ellos que «no hay ningún regalo material que supere a bajar un viernes por la noche con mis amigos a tomar unas cañas». Hermosa declaración.
¿Qué es lo que me asusta? Conozco a gente de esa edad, entre los trece y los veintiocho años —cierto es que también de otras edades— que reconoce que se geolocalizan unos a otros. No puedo con eso. Trago con que son una generación de hiperconectados. ¿Qué generación o degeneración no lo es? El móvil dirige nuestras vidas. Ya lo dijo el filósofo Byung-Chul Han cuando recogió el premio Princesa de Asturias, experto en frases para tazas de café: la hiperactividad que viene de la tecnología desvaloriza lo que hacemos o decimos. La avalancha no trae nada bueno.
Pero creo que una de las peores lacras que nos aportan los móviles es la geolocalización. Por supuesto, estoy a favor de que ese avance que permite saber, a través de nuestro aparato, dónde nos encontramos en cada momento, sea un paso adelante estupendo para personas mayores que necesitan cuidados, para situaciones puntuales o para mujeres u hombres que tienen miedo de volver a casa solos de madrugada o en circunstancias adversas. Por ejemplo, para todos aquellos que pueden estar amenazados.
Lo que me asusta es que se haya popularizado la costumbre de tener geolocalizados siempre y en todo momento a tus supuestos seres queridos: familia y amigos. Me parece un disparate. Un peligro. Ese control es propio de las dictaduras personales, no de las relaciones sanas. A todos los que fomentan ese control les digo: geolocalízate tú. A mí déjame en paz. Hay pandillas de la generación Z, en esas edades es muy típico, que tienen activa la geolocalización del grupo de amigos. También sucede en otras edades. Hay padres que tienen geolocalizados a sus hijos pequeños, luego adolescentes, a veces sin que ellos lo sepan. Hasta que se enteran y tienen la reacción lógica de matar al padre durante meses. Lo hacen las parejas. Los chicos quieren saber qué hace su novia en todo momento y dónde está cuando sale con sus amigas a celebrar, por ejemplo, el cumpleaños de una de ellas. No es una conducta normal. La tecnología ayuda, pero no podemos vivir en un Gran Hermano. No puede llevarnos a creer que somos el ser superior que mira su móvil y ve el puntito de dónde se encuentra y a qué hora nuestra pareja. No quiero tanto detalle. Es un horror. Da miedo ese chute exagerado de controladores humanos.