El Festival de Teatro Clásico de Mérida tiene su vertiente glamurosa en el momento peristilo, cuando, tras los estrenos, entre columnas romanas, se sirve un cóctel protagonizado por el jamón ibérico. En julio del 2019 vi a Abel Caballero en el estreno de Sansón y Dalila y fue la estrella del peristilo: autoridades, periodistas, notables extremeños y actores no dejaban de hacerse selfis con el enrollado alcalde de Vigo. Qué diferencia con la primavera de 1987, cuando Caballero acudió a una cena en Vilagarcía y era un ministro tan serio y soso que nadie quería sentarse a su lado. Lo sé porque me pidieron que le acompañara y preferí la conversación de un marino apodado Capullo, que me explicó cómo descubrir la nacionalidad de una mujer por su perfume.
En 1987, Abel Caballero tenía una conversación tecnocrática, aburrida y ministerial. Hoy es el alcalde más divertido del país, en la estela de aquellos alcaldes naturales, descontrolados y espontáneos que metían la pata pero que han pasado a la historia municipal española: Tierno, Vázquez, Maragall, De Lorenzo, Azkuna… Abel Caballero ha entendido muy bien la importancia en Galicia de la política de la luz. Cuando cubría mítines municipales en las áreas de Santiago y Arousa me llamaba la atención que los candidatos no anunciaran en las aldeas grandes obras ni hicieran proclamas ideológicas. Simplemente prometían farolas en las corredoiras. Y quien más credibilidad luminosa tenía, ganaba. Caballero ha modernizado el concepto farola y ha satisfecho el ansia de luz rural, impresa en el inconsciente colectivo gallego, con la luminosidad urbana de la cortina led. Añádanse unas gotas de break dance, el Hallelujah de Leonard Cohen con Toñito de Poi y ya ven, la estrella del peristilo.