El que tiene boca se equivoca

Francisco Ríos Álvarez
francisco ríos LA MIRADA EN LA LENGUA

OPINIÓN

XOSE CASTRO

22 nov 2025 . Actualizado a las 05:00 h.

Recientemente oímos decir al narrador de una competición deportiva televisada: «Aprovecharemos los conocimientos exhaustos de mis compañeros». Se refería a los analistas que lo acompañaban, de vastos, incluso exhaustivos, saberes sobre el deporte en cuestión. Pero quizá por haber recurrido excesivamente a ellos agotó sus saberes, los dejó exhaustos. Quien escribe puede cometer errores, pero de muchos están a salvo quienes se expresan verbalmente. Ahí no hay comas, mayúsculas, bes y uves, ges y jotas, haches... Aunque la repentización tiene, como se ve, otros riesgos.

 El frenesí de los deportes de motor se presta a la hipérbole, el lenguaje figurado y el exceso. Para muestra, la explicación que escuchamos sobre el terreno donde se iba a competir, una «pista reseteada por la lluvia», como si fuese un ordenador. Pero lo que rebasa la creatividad expresiva es lo de «Ayer hubieron tres banderas rojas».

Alguien a punto de ser vencido por el sueño se sobresalta cuando cree oír que en la tele hablan de «los jamelgos del agua». Le queda la duda de si fue un chiste o si se tomó jamelgos por jameos. El primero es un término despectivo que se aplica a los caballos flacos y desgarbados, y los jameos, huecos producidos por el hundimiento del techo de un tubo volcánico. Los Jameos del Agua son un centro cultural y turístico de Lanzarote ideado por el desaparecido César Manrique.

En un posterior bloque publicitario anuncian unas croquetas para gatos cuyo objetivo es que sean más «digestibles». Lo que no se aclara es qué serán más digeribles, los gatos, antaño sucedáneo del conejo en mesas de gente sin posibles, o las croquetas. Estas se nos atragantaron durante un telediario cuando se dijo sobre las víctimas de un dramático incidente: «Solo hay que escuchar las lágrimas, los lamentos». En otra cadena se anunció que Jordi Pujol estaba moritorizado en una clínica.

Nadie está a salvo de meter la pata. Seguro que nosotros también habremos errado. Podemos decir como el rey emérito: «Lo siento mucho, me he equivocado». Aunque no cabe añadir «y no volverá a ocurrir», porque eso nadie puede garantizarlo.