Debo señalar que no tengo nada contra los perros. Celebro tanto al pícaro callejero, al can buscavidas, como al aristocrático galgo ruso que parece sacado de una ilustración antigua. Me caen simpáticos los vagabundos y las damas, pero no concibo cohabitar con uno de ellos en una vivienda urbana, en un piso. Aman la libertad y son felices corriendo por el campo o pastoreando rebaños.
Ahora, los perros domésticos ya no son mascotas, son un miembro más de la familia y una autentica epidemia de humanización los ha convertido en lo que se ha dado en llamar hiperbólicamente perrhijos, ocupando el lugar de los vástagos en las familias que han renunciado a la descendencia.
En España hay seis millones y medio de niños menores de catorce años frente a diez millones de perros censados, en un momento en el que la natalidad ha caído en picado y muchas parejas han optado por renunciar a la maternidad/paternidad y proyectan en un can su afecto y sus cuidados.
Si bien es cierto que los perros son leales y cariñosos, no hay que olvidar que pese a todo son animales no racionales, aunque el Código Penal los define como «seres sintientes», lo que los acerca a una nueva categoría más próxima a ese aparentemente vano intento de humanización de los animales de compañía.
Durante la pandemia se experimentó un crecimiento de mascotas que ayudaron a combatir la soledad de las personas mayores y alegraron la vida a las familias más jóvenes. El toque de queda del confinamiento autorizaba a salir a pasear al perro como excepción del encierro casero. Fueron las personas que vivían solas y de más edad las que encontraron en los canes los nietos que no tuvieron.
El mundo del perro, sus cuidados médico/veterinarios, su alimentación industrial y todo lo imaginable alrededor de un perro, desde ropa a juguetes caninos, mueve al año en España, según Anfaac, algo más de 2.000 millones de euros. Incluso, recientemente se contemplan custodias compartidas para las parejas divorciadas, herencias testamentarias y velatorios antes de enterrar la mascota en cementerios para canes.
Afortunadamente, ya no hay perros vagabundos y los abandonados en torno a las vacaciones de verano cada vez son menos. El perro es un ser vivo que requiere de cuidados y de un afecto intenso que nunca podrá compensar el que recibimos de ellos. No es un juguete, no debe ser un regalo de Reyes para satisfacer un capricho infantil, nunca será nuestro hijo, y, pese que poco les falta para poder hablar, no conozco ningún can que se dirija a su dueña y le diga «mamá».