Los progresistas tienen que estar frustrados por sus cabreos ante Cerdanes, Ábalos, Errejones y Salazares. Les han recordado que su ideología no es antídoto imbatible para pulsiones ancestrales y pasiones subterráneas. Tal vez arrancan desde una supuesta superioridad moral de su tropa y sea ese, de modo consciente o insidioso, el germen de su reacción: ¿cómo es posible que unos de los nuestros sean tan golfos, tan ladrones, tan machirulos, tan puteros, tan sinvergüenzas? Los seres humanos, al tiempo que somos todos distintos, tenemos muchos rasgos y riesgos comunes. Nadie está exento de ser vulnerable a la codicia, a la avaricia, a la perpetua e insaciable insatisfacción. Los viejos «pecados capitales» asoman tan pronto como se aflojan ronzales internos y externos. Y esto es previo a ser conservador, progre o mediopensionista. Veamos. Se podría decir que los amantes del capitalismo 3.0, libertario y desregulador, con sus aromas darwinianos y depredadores, se parecen más a la naturaleza humana desnuda, tal cual. Mercado, coste/beneficios, individualismo, fitness ecosistémico y selección natural, ajuste adaptativo. Dicho llanamente, para ser muy de derechas solo habría que dejarse ir. Al contrario, para ser solidario, empático, redistributivo, pagar impuestos de buena gana, amar la justicia social, la igualdad de oportunidades, preocuparse por las minorías, por los servicios públicos, por los más necesitados, habría que esforzarse en vigilar de cerca a nuestra bestezuela interior: autocontrol, educación en la generosidad, ampliación del radio de nuestros afectos, inclusión, hermandad, en definitiva. Todo un programa de aculturación, por lo dicho, antinatural. Vamos, que lo de ser progre de verdad habría que currárselo, mientras su contrario va de suyo, rodado y cuesta abajo. Esperar, entonces, que entre wokes, socialdemócratas y asaltadores de cielos no vayan a darse periódicamente casos de corrupción es creer en los pajaritos preñados.
Mientras se estima que, dependiendo del instrumento de evaluación, el porcentaje de psicópatas en la población general está entre el 1 y el 3 %, si hablamos de gente que ocupa puestos de poder públicos o privados, políticos, posiciones de alta responsabilidad empresarial, ese porcentaje se sitúa entre el 4 y el 7 %. Y, claro, para ser un corrupto corriente ni siquiera hace falta llegar a diagnóstico tan extremo. Por cierto, unas corrupciones, estas que nos ocupan, con gran protagonismo para una lujuria machirula, rancia, obscena, cateta y despreciable a más no poder. Así las cosas, ¿resignación ante nuestra naturaleza traidora? No. Impleméntense todos los controles que sea menester, castíguese con dureza a cada corrupto. Eduquemos en que el servicio público sea la más noble de las dedicaciones; avergoncemos a los malos y empoderemos a los buenos. Pero, candidez aparte, allí donde haya poder, o dinero, o ambas mieles juntas, hay un agujero negro que siempre atraerá indeseables.
Ser progresista no es pertenecer a una cofradía de almas puras. Hay que valorar si aquellos en los que el progresista depositó su confianza, voto mediante, han ejecutado o no políticas públicas de su gusto: en empleo, en salarios mínimos, en pensiones, en becas, en fiscalidad, en energía, en sostenibilidad, en educación y sanidad, en relaciones exteriores, Gaza, Ucrania, Trump, en asuntos migratorios, en derechos humanos en general, de las mujeres, de las minorías. Hechos y no buenas razones. Ojalá las tropelías Ábalos style no se hubieran producido, pero escuece mucho más el rotundo fracaso de nuestras administraciones en el asunto de la vivienda. Y si no se resuelve es por pereza, por incompetencia o por una maraña de intereses inconfesables. En política importan los proyectos y su traducción en realidades. No tanto las personas, los líderes y sus atributos. Eso es cosa de sectas y sumos sacerdotes.