El tren se adentra en el corazón de la mañana. Separa en dos mitades la niebla sorprendida que aparece sigilosa a la salida del túnel.
Envuelve con su manto de grises al convoy que discurre perezoso y a sus viajeros que van de un sitio a otro en uno de esos días sombríos que preceden al final del año.
Sucede siempre. Baja a ras de suelo para quedarse dormida en el paisaje. Tiene mil nombres: bruma, calina, rocío y cencellada, como la llamaba Delibes para contar la permanencia invernal en los arboles del campo grande vallisoletano. Son formas caprichosas de la niebla aunque no sean exactamente la descripción del fenómeno meteorológico que nos visita desde que el otoño concluye. Descansa en los ríos cercanos y se convierte en jirones de torpes nubes que exploran pueblos y ciudades.
De todos sus nombres, brétema, en la vieja lengua de los gallegos, en el idioma melodioso de nuestro país, es mi preferido para nombrar la niebla, para referirme a mi vieja compañera de los días fríos escritos en el catalogo de grises que nos traen mensajes antiguos labrados con recuerdos. Es un termino frutal, palabra que recuerda una primavera tardía que brota en los labios al pronunciarla.
Noriega Varela, el poeta gallego de la montaña dejó escrito en su libro Do Ermo que «a brétema, ¿tu sabes? e ceguiña, os piñeirales pouco a pouco explora, i anda sempre descalza, e si se espiña sangrar non sangra, pero chorar, chora».
Es la mejor descripción elegiaca acerca de la niebla que recorre los valles gallegos, tras el rocío y la escarcha de las amanecidas de diciembre y enero. Puntual y ritualmente. En ocasiones tras la niebla llega la lluvia indolente que es un llanto universal en esta parte de la tierra por haber perdido el sol que se esconde tras una raiola a la hora del ángelus.
Estas nieblas primerizas, anticipo del invierno que viene, son tan navideñas como los nacimientos populares de los hogares anunciando la venida de Jesús. Son tan de temporada como los villancicos o la iluminación de calles y plazas. Quizás habría que colgar del algodón joven de la niebla unas guirnaldas de colores para ponerla a tono en estas vísperas de la Nochebuena. El tren cabalga entre nieblas y busca el final de su trayecto aguardando que levante. Caen las primeras gotas de lluvia, yo les doy la bienvenida y sé que es la respuesta de un saludo. La estación nos recibe en un déjà vu reiterado. Hay un alborozo domestico de abrazos y saludos. El mío es un adiós a la niebla compañera, un aria silenciosa que suena jubilosa entre la brétema.