El giro generacional
OPINIÓN
La extrema derecha avanza con fuerza en Europa —Alemania, Italia, Francia o España— y, a diferencia de décadas anteriores, una parte clave de ese impulso procede de los votantes más jóvenes. Los datos lo confirman: según el CIS, un 16,2 % de los jóvenes de entre 25 y 34 años no está de acuerdo con que «la democracia sea el mejor sistema de gobierno». Y de acuerdo con el instituto 40dB, Vox lidera la intención de voto entre quienes tienen entre 18 y 24 años, con cifras en torno al 25-27 %, por delante del PSOE y el PP.
Comprender este giro requiere observar un conjunto de factores que se refuerzan entre sí: precariedad económica, bloqueo en la movilidad social, cambios culturales acelerados y una estrategia digital especialmente eficaz.
La combinación de empleos inestables y precios de la vivienda desbordados empuja a los jóvenes a una dependencia prolongada de la familia, retrasando decisiones vitales como desarrollar una carrera profesional, construir un proyecto de vida o formar una familia. Estos obstáculos, muy marcados en España, generan una percepción extendida de estancamiento.
Ese sentimiento conecta con los hallazgos de la literatura académica, en los cuales se muestra que, en contextos de inseguridad económica, el declive del estatus —sobre todo entre hombres jóvenes de clase trabajadora— puede empujar hacia opciones de derecha radical. En este sentido, Vox funciona como un canal que recoge la frustración, sin que sea necesario que exista una afinidad ideológica completa.
Lo que debería ser el ascensor social avanza de forma incierta. El esfuerzo académico no se traduce en oportunidades profesionales reales. El IX Informe FOESSA (2025) señala que 2,5 millones de jóvenes en España viven en pobreza o exclusión social y que el origen familiar pesa más que el mérito en la movilidad intergeneracional.
La OCDE y FOESSA coinciden: España es uno de los países donde el origen socioeconómico más condiciona el rendimiento escolar. Quien proviene de familias con recursos accede a colegios privados o concertados, idiomas y estudios superiores; quien no los tiene, queda atrapado en ciclos de baja cualificación y salarios precarios. El resultado es una juventud que percibe el sistema como cerrado y desigual, caldo de cultivo para discursos de protesta que prometen «romper» el statu quo.
Por otra parte, los cambios culturales de la última década —feminismo institucional, mayor igualdad, visibilidad LGTBI— generan una doble reacción: empoderan a muchas jóvenes, pero también alimentan inseguridad en algunos hombres jóvenes. El profesor Lucas Gottzén lo explica: la precariedad y la transformación del mercado laboral han erosionado el modelo tradicional del varón sustentador, debilitando su estatus económico y cultural.
En ese terreno fértil opera la propaganda radical, que dirige el malestar hacia mujeres y políticas de igualdad, presentándolas como responsables de una pérdida de privilegios. Un estudio publicado por el profesor Toni Rondon confirma esta brecha: el apoyo a la extrema derecha entre hombres jóvenes superó el 21 % en el 2024, frente al 14 % entre las mujeres del mismo grupo de edad.
Las redes sociales se han convertido en el gran acelerador del vínculo entre Vox y la generación joven. En un entorno dominado por vídeos breves, emociones intensas y mensajes confrontativos, el partido ha logrado adaptarse a esa lógica: identidad, rapidez y simplificación. TikTok, Instagram y YouTube encajan bien con quienes consumen política de manera intuitiva, fragmentada y emocional.
Debemos entender que el avance de Vox entre los jóvenes responde, pues, a una confluencia de un sistema desigual (pobreza, empleo precario, vivienda inaccesible), a una brecha educativa que bloquea la movilidad, tensiones identitarias y una maquinaria digital muy eficaz.
La emancipación es la pieza clave para la solución de las cuestiones planteadas. Los estudios europeos sobre emancipación juvenil coinciden en un punto crucial: la vivienda no puede abordarse aisladamente. Los mejores resultados se dan en los países que adoptan programas combinados de empleo, vivienda y ayudas sociales, como los aplicados con éxito en varios países del norte de Europa y en el Pais Vasco. Con la aplicación de este enfoque integral, las tasas de emancipación juvenil son significativamente más altas.
La evidencia es clara: sin intervención pública decidida, la emancipación se convierte en un lujo al alcance de pocos. Y esa falta de horizonte es uno de los motores del malestar político entre la juventud.