En algún momento de hace ya demasiadas décadas dejó de tener gracia quemar las calles en Nochevieja. La renuncia se incubó primero desde la vanidad de una profesional de la noche que despreciaba el café para todos de la última madrugada del año, en donde a menudo confluyen debutantes con desahuciados que suspenden la jubilación por un día porque por un día no pasa nada. En esa coincidencia de extremos tan poco interesantes, los eruditos de la oscuridad no pintábamos nada, así que era mejor consumir esa noche previsible rapidito y en pijama para lanzarse a las calles, por ejemplo, al día siguiente, cuando era improbable encontrarse con alguien que no mostrase una vocación constatada por la noche y sus cosas, la más interesante de las cuales era lo impredecible del guion.
Tantas décadas después, cuando ya hasta las hijas empiezan a despreciar sus propias nochesviejas, es preciso regodearse con la emoción de los debutantes, recrearse en su inquietud por averiguar qué pasa en el mundo cuando las luces se apagan y suena la música, disfrutar con ese rito de paso que lejos de ser un gesto banal introduce a muchos seres humanos en un universo social de una fertilidad testada. Cuántas historias de amor que mejoraron vidas, cuántas de adicciones que las arrasaron, cuántas conversaciones sobre su sentido sucedieron al fondo de la barra del único bar que vimos abierto.
Un paseo por la mañana del día 1 de enero, con todos esos principiantes volviendo a casa, es un retrato perfecto de los relevos generacionales. Por décadas que transcurran es fácil reconocerse en ese cansancio exultante de quienes se retiran al alba después de haber empezado a entender qué coño es eso que pasa por la noche.