Evito los propósitos de Año Nuevo. Prefiero reforzar los que apuntan a fortalecer mi pasión vital, y esos los formulo sin esperar doce meses. Quizá por casualidad, este año sí que me he apuntado algunos. Leer más en papel y menos en dispositivos, por ejemplo. Y ver sobre qué asuntos he cambiado de opinión. Me asustaría si este año no hubiera modificado mi valoración sobre nada o sobre nadie. Supongo que manifestaría con ello que he perdido interés por los acontecimientos y por las personas, que escapo de las noticias que se alejan de mi mundo inmediato o de mi modo de ver las cosas, que mis neuronas han cristalizado en un esquema mental o ideológico fácil o placentero, o que me da vergüenza cambiar a estas alturas... Es decir, significaría que me he vuelto viejo, al menos de alma o de corazón.
Por eso me ha encantado la iniciativa de un medio estadounidense, The Free Press, que publicó esta semana un comentario editorial sobre los temas en los que se habían equivocado a lo largo del año: desde las implicaciones del tarifazo de Trump hasta algunas percepciones del conflicto palestino. También repasaron en otro artículo las cosas que habían aprendido como periodistas. Otra buena pregunta para cualquiera: quien no ha cambiado de opinión en nada, probablemente, no ha aprendido nada o solo ha endurecido prejuicios.
Me parecen buenos consejos para empezar el año y robustecer la independencia de criterio personal o, para el caso de los medios, la independencia editorial: en qué he cambiado de opinión y por qué aclarará si hemos aprendido algo. La pregunta sobre qué hemos entendido mal, si estamos dispuestos a desentrañar las causas de los errores y removerlas, evitará que los repitamos.