Vuelvo a Camba, vuelvo al Julio Camba del Palace, al mismo hotel Palace donde vivió trece años en la habitación 383, y lo hago con motivo de la entrega del premio internacional de periodismo que lleva su nombre y del que soy el miembro más antiguo, el decano de su jurado.
Regreso a Camba cuando su vigencia literaria se recupera de silencios reiterados y se publican libros sobre su obra coincidiendo con documentales que cuentan su vida. Asistimos —algo tiene que ver el premio que patrocina Abanca— al auge del actual momento cambiano de una persona que se convirtió en personaje, que escribió miles de artículos periodísticos, que tuvo una vida nómada tras fugarse con solo trece años y enrolarse de polizón en un barco que iba a la Argentina, tras ser corresponsal de prensa en Constantinopla, Paris, Londres, Berlín, Nueva York y Lisboa, donde estuvo exiliado, que fue anarquista para luego apoyar al franquismo, que quiso ser embajador de España y no lo consiguió, que fue cosmopolita y nunca renunció a sus orígenes gallegos sin declararse galleguista, que fue critico con lo que llamó regionalismo galaico, que nunca escribió en gallego pese al acento del norte que acariciaba sus artículos, que nunca escribió una novela aunque lo mas parecido fue el tratado gastronómico La casa de Lúculo, que reinventó el genero periodístico del columnismo y supo acentuarlo con un singular sentido del humor y espolvorearlo con su particular mala leche, que fue el periodista de opinión mejor pagado de su época, que se declaraba vago pero nunca dejó de escribir, que fue nudista y bon vivant y que ocupó una pequeña habitación en el hotel Palace donde estaba incluido alojamiento y desayuno que un mecenas, acaso March, sufragó hasta su muerte.
Julio Camba, genial maestro del más difícil género periodístico, los artículos de opinión, decía de sí mismo que era «un escritor decorativo y me dedico a una literatura fácil y pintoresca»; y entre sus frases mas reseñables está la que asegura que «morir por la democracia es como morir por el sistema métrico decimal».
Julio Camba, autor de miles de artículos, la mayoría reunidos en su extensa obra bibliográfica, desde Aventura de una peseta o La ciudad automática —un conjunto de artículos sobre Nueva York— hasta su última antología editada el postrero año de su vida, cuando contaba 76 años, Países, gentes y cosas, no quería pasar a la posteridad pues creía firmemente que «todas las pompas son fúnebres».
Hoy habita en la inmortalidad y lo revisito para que su memoria siga vigente. Como hasta ahora.