El día 3 de febrero, Pedro Sánchez anunció en Dubái que España prohibiría el acceso a las redes sociales a los menores de 16 años. No hubo controversia esta vez, salvo por cómo nos enteramos y porque Elon Musk le hizo el favor de criticarlo e insultarlo: «Dirty Sánchez», le llamó. Qué más podía pedir. Pedro Sánchez tenía claro que en la calle hay consenso en este asunto y que los padres no saben qué hacer y necesitan ayuda, la que sea. Casi nadie discute que las redes están dañando a los adolescentes en una edad en la que su cerebro, todavía en formación, es frágil. Las nuevas generaciones llegan con síntomas alarmantes que afectan directamente a su futuro y que documenta Jonathan Haidt en su libro La generación ansiosa: por qué las redes sociales están causando una epidemia de enfermedades mentales entre nuestros jóvenes. Ahí dice: «Si yo fuera el diablo, no destruiría a la próxima generación a través del terror o la violencia, sino con la distracción, la desconexión y una lenta erosión del sentido. Y ellos ni siquiera se darían cuenta, porque lo vivirían como libertad y entretenimiento».
Esa dificultad para estar presentes, atentos y conectados a lo real la padecen, especialmente, los padres y los educadores.
Pensaba que prohibir las redes resultaría tan inútil como poner puertas al campo. Pero como la responsabilidad recae en las plataformas, en Australia han cerrado en un pispás casi cinco millones de cuentas. Y no ha pasado nada. De la misma manera, estas grandes corporaciones son capaces, si quieren, de diseñar una buena protección para los adolescentes. Con la ventaja añadida de que, según las encuestas, sus padres están de acuerdo y los chavales... no votan.