Viento del norte

Ramón Pernas
Ramón Pernas NORDÉS

OPINIÓN

El viento inclina los árboles en un paseo marítimo.
El viento inclina los árboles en un paseo marítimo. CATI CLADERA | EFE

23 feb 2026 . Actualizado a las 05:00 h.

Imagino a Elena Quiroga escribiendo su novela que sería premio Nadal, una tarde en la que en Ortegal, en la parte alta de Ortigueira, a donde había ido a escribirla, soplaba impetuoso el viento del norte que encrespaba el mar vecino y esparcía miles de pequeñas flores amarillas desprendidas de las mimosas cercanas que prologaban la primavera.

Fue en esa mañana de temporal frenético cuando encontró el titulo definitivo para su novela: Viento del norte. Así quiero creerlo y fantaseo con un arrebato de viento enfurecido que acercó el titulo a sus folios.

Cuando redacto estas líneas suena una canción que se llama igual que la novela de Elena Quiroga, son las estrofas armónicas del Viento del Norte en la voz de Nando Agueros, que dice: «Tener la fuerza del norte y esa bravura que viene del mar».

Así son las casualidades que brotan en esta soleada y anticiclónica mañana madrileña, llena de esa luz líquida de los días que nacen después de que los vientos escribieran su historia de brisas impetuosas, después de que el último viento del surtido del febrero embravecido nos trajera, en palabras de Borges, un cierto olor a madreselvas.

Los griegos antiguos denominaban anemoi a la furia ventosa y era Boreas el viento del norte, que golpeaba con saña la mar y la tierra. Y en la rosa de los vientos, la más bella estrella donde duermen los puntos cardinales, residían los alisios, los vientos más amables, aquellos que mueven los cometas que dibujan en el aire saludos mágicos pintando una reunión de brisas.

Hace años elaboré un catálogo de vientos imposibles que dejé escrito en Cuadernos del Norte, pero los que agrupé se llevaron mis historias a un lugar remoto donde se ocultan los temporales del invierno. Allí residen los vendavales y las galernas, el vento mareiro contado por Ramón Cabanillas, y el regañón que sopla fiero en los pueblos costeros y agrieta los labios a las personas

El poniente y el levante, en su insistencia alternativa, pueden hacer que enloquezcan los hombres. Son vientos frecuentes, brisas que viajan por el aire llevando la niebla mental en sus entrañas.

Transito los atajos que me conducen a las brisas del mediodía recordando aquel viento que meció el cadáver de Judas cuando se ahorcó para saldar su traición y desde entonces todos los algarrobos cercis crecen torcidos como castigo por el peso del cuerpo del apóstol. El viento lo meció por toda la eternidad. Estoy seguro de que no fue nuestro viento del norte.