Viendo las últimas noticias parece que estamos sufriendo una epidemia de «braguetorragia» que afecta tanto a nobles como villanos y a todos los ámbitos de poderes (políticos, monárquicos) y del espectáculo. Algo que sabemos, pero que no conocemos hasta que nos lo cuelgan a la vista.
Lo malo no es tanto la bragueta fácil como el abuso de poder.
El poder no es solo una posición jerárquica, sino una fuerza que puede alterar la percepción de la realidad del individuo. El agresor con poder a menudo desarrolla una sensación de impunidad biológica. El objeto de deseo (la víctima) deja de ser un sujeto para convertirse en un trofeo o una posesión más. El sexo con poder, goza menos como placer y más con la reafirmación de control.
El poder atrae a perfiles con rasgos narcisistas y psicopáticos; la falta de empatía, combinada con un entorno que «venera» al líder, crea el caldo de cultivo perfecto para el abuso. El agresor poderoso no suele ver su acto como una agresión, sino como un «derecho» inherente a su estatus («porque lo merezco»). Las agresiones sexuales del poder no ocurren en el vacío, requieren de una red de silencios, omisiones y una cultura institucional que protege «el prestigio» de la entidad por encima de la integridad de las personas.
El aumento de casos que presenciamos no es solo un aumento real, sino que también supone la ruptura del tabú: las víctimas ya no aceptan el «coste del poder» y la sociedad ha dejado de normalizar el derecho de pernada moderno.
El abuso con poder no suele ser un «arrebato de locura», sino un ejercicio de control y elección. Los abusadores utilizan la «neutralización» para convivir con sus actos. Se dicen a sí mismos: «Ella me provocó». «No fue para tanto». «Es algo estructural».
Este tipo de gentes alternan comportamientos encantadores con actos agresivos para crear una dependencia emocional y confundir la percepción de la víctima.
Cuando existe una diferencia marcada de estatus (jefe-empleado, profesor-alumno, adulto-menor), el abusador utiliza esa brecha para garantizarse el silencio. La víctima teme represalias profesionales, sociales o físicas y por parte del entorno se cuestiona la salud mental o las intenciones de quien denuncia, perdonándose las conductas abusivas porque el perpetrador es «importante» o genera negocio.
El enigma psicológico consiste en entender por qué las víctimas tardan tanto en romper estas relaciones tóxicas (cuando lo consiguen). El vínculo patológico —como en todas las pasiones— se crea y nutre de intermitencias; el abusador castiga y luego premia. Va y viene, lo que genera una respuesta bioquímica de adicción en el cerebro de la víctima, aparte de otras vicisitudes psicológicas más profundas y adictivas, que dificultan el desenganche.
La «braguetorragia» la explica el refranero: «La jodienda no tiene enmienda» y «al que nace barrigón, es inútil que lo fajen».
Amén.