En el año 2001, un presidente de Estados Unidos llamado George W. Bush visitaba esta remota región del imperio. Era el mes de junio, aún quedaban semanas para el 11-S y Occidente vivía un instante de despreocupación y optimismo parecido al de la Viena previa a la Primera Guerra Mundial de Stefan Zweig, una especie de final de la historia que enseguida se reveló efímero. Bush fue recibido en Barajas por Josep Piqué, ministro de Exteriores de Aznar y fundador, ese día, de la diplomacia del cabezazo, también conocida como política genuflexa. En resumen, la estrategia de Piqué ante Bush consistió en doblar la cintura y bajar la cabeza un número casi infinito de veces que a ojos del espectador solo podía indicar una sumisión conmovedora y una posición de España ante los USA claramente por debajo de la cintura.
Se propinó entonces al ministro una colleja general por parte de la oposición socialista —era todavía aquel un mundo de mayorías absolutas— y quedó claro que el patriotismo de la derecha aznariana era negociable y compatible con una lesión de cervicales.
En este juego de parecidos razonables con aquella época, los límites del patriotismo vuelven a estar muy confusos. Más si incorporamos a la fórmula el ingrediente ultrapatriótico de Vox, con su exhibición ultranacionalista española, sus desafinadas apelaciones a la unidad de España y ese look chachachá tan rojo y gualda. A día de hoy, los mega patriotas españoles prefieren el sereno y previsible liderazgo de Trump y su trastornado sentido de la historia, mientras Sánchez aspira carburante electoral exigiendo una soberanía que defiende junto a un puñado de independentistas que quieren romper España. Confusos caminos los de esta patria.