Venus de silicio

Luis Ferrer i Balsebre
Luis Ferrer i balsebre EL TONEL DE DIÓGENES

OPINIÓN

Robot humanoide diseñado para bailar
Robot humanoide diseñado para bailar Alejandro García | EFE

15 mar 2026 . Actualizado a las 05:00 h.

Me asomo a las novedades del último Mobile Center —esa liturgia anual donde el personal adora al becerro de oro en formato 6G— y confieso que experimento una siniestra desazón. Este año la estrella ha sido una legión de robots ginecoides y androides con piel de polímero y mirada de algoritmo, que prometen facilitarnos la vida o, al menos, no llevarnos la contraria.

Lo expuesto en la convención tiene tintes de alucinación colectiva. Se han hecho virales vídeos de unas mujeres mecánicas, perfectas en su turbadora belleza y simetría, moviéndose con una cadencia que ni la propia naturaleza se atrevería a diseñar. Luego resulta —advierten los antibulos de guardia— que muchas de esas «presentaciones» no eran más que trucos de otra inteligencia artificial, una suerte de metatrampa donde el software se inventa al hardware para que nosotros, incautos consumidores, sigamos salivando ante el escaparate.

Pero lo relevante no es si el robot baila el moonwalk con más o menos gracia. Lo verdaderamente patológico es nuestra urgencia por dotar de género a la chatarra. ¿De dónde surge esta obsesión por la mujer-máquina? Sospecho que el hombre contemporáneo, asfixiado por la dificultad de establecer vínculos reales, busca desesperadamente la seguridad del interruptor.

Al androide no hay que entenderlo, basta con programarlo. Son la culminación del narcisismo: un espejo que te devuelve exactamente la interacción que esperas, sin el engorro de la diferencia, sin el riesgo del conflicto, sin ese «no me pasa nada» que tanto nos sofoca. Un triunfo de la técnica sobre el afecto que, en realidad, es una rendición incondicional. Visitamos los pabellones de la Fira como quien visita un museo de futuras soledades. Nos venden «IA corpórea» para que no nos sintamos solos, mientras ignoramos al que está sentado al lado porque estamos ocupados revisando la batería de nuestro próximo simulacro de pareja.

Estas Venus de silicio son un síntoma de desamparo. Queremos robots que parezcan personas porque ya no sabemos cómo hacer para que las personas no nos parezcan robots. Y me temo que, por mucho que avancen los sensores coreanos, todavía no han inventado el chip capaz de gestionar una mirada de decepción o un silencio cómplice. Eso sigue siendo patrimonio exclusivo de los que pulsan con sangre y no con litio. Puede que el mundo derive hacia cosas así y que acabemos emparejándonos con esa especie de Mi querida señorita hiperrealista; o que nos pase como al torero Joselito, que en una entrevista con motivo de su cumpleaños desvelaba: «Yo me hubiera pegado un tiro mil veces y no lo hice, porque no tenía pistola ni los cojones de Belmonte».