A mí los dictadores me enternecen. Cuando veo al chaval de Kim Jong-il, con sus mofletes de pícaro heredando la finca de su padre, con todos los empleados llorando al ver cómo ha crecido el mocoso; o al chico de los Castro, esos gallegos que tienen una isla caribeña, negociando la venta de la finca con Marco Rubio, el hombre de Trump para estas cosas, me acuerdo de los Corleone, familiares, religiosos, modélicos. En la democracia los argentinos dejan que las viudas ocupen el lugar de sus maridos y los norteamericanos, que ocupen la presidencia un padre y un hijo.
Ahora en Irán tenemos al chico de los Jamenéi, que hereda lo de su padre: el turbante, el talante y la religión. Hay estos días quien dice que, como el Cid, el hijo de Alí está gravemente herido por las bombas que mataron a su padre, y que, fuera de combate, está librando su última batalla. Puede ser.
Si los de la primera generación de gobernantes absolutos siguiesen las tradiciones de los antiguos reinos africanos o de los reyes ingleses casaderos, matarían a sus hermanos o a sus mujeres de inmediato, pero con ello romperían la bonita tradición familiar de dejar en herencia vidas humanas, de heredar un pueblo. Pero hay muchos gobiernos que han perdido las viejas tradiciones y votan pensando no en la familia, sino en el dinero o en el honor, el orgullo de haber nacido exactamente donde han nacido —porque la naturaleza es tan sabia que hacer nacer a cada uno en el mejor sitio del mundo—, y entonces es elegido Donald Trump.