Están y estamos hartos. La evidente inacción de todos los países de Oriente Próximo y Medio ante los bombardeos conjuntos de EE.UU. e Israel es consecuencia directa del hartazgo que siente la población árabe, kurda y del resto de las minorías que habitan este complejo rompecabezas geoestratégico. Si hacemos un poco de memoria, prácticamente desde comienzos del siglo XX hasta la fecha se han sucedido gran cantidad de enfrentamientos bélicos en la región, muchos de los cuales fueron y son resultado de la intervención extranjera. Aunque de 1916 a 1918 se produjo una revuelta árabe contra el Imperio otomano, tomaremos como punto de partida las dos guerras mundiales, durante las cuales el Magreb, Oriente Próximo y Medio se convirtieron en el tablero de juego de las expediciones bélicas, primero de los grandes imperios, de 1914 a 1918, y, después, de los integrantes del bando aliado frente a los del Eje, de 1939 a 1945.
Tres años después, tras la declaración del nuevo Estado de Israel, en 1948, daría comienzo el conflicto irresoluto e irresoluble entre árabes e israelíes. Sin ánimo de ser exhaustiva podemos destacar: en 1956 la guerra de Suez, en 1967 la guerra de los Seis Días, en 1973 la guerra del Yom Kippur, en 1982 la guerra del Líbano, la primera intifada de 1987 a 1993, la segunda intifada del 2000 al 2005, la segunda guerra del Líbano en el 2006, el conflicto en la franja de Gaza del 2008 al 2009, las siguientes reactivaciones, y la reacción israelí al ataque de Hamás del 7 de octubre del 2023 hasta hoy.
A partir de la década de los cincuenta se sucedieron los golpes militares independentistas, como el de 1952 en Egipto, el de 1958 en Irak, el de 1969 en Libia y el de 1970 en Siria; o la terrible guerra en Argelia, de 1954 a 1962, entre otros.
En el caso de Irak, además del conflicto kurdo de la década de los sesenta y de 1974 a 1975, tuvieron lugar la guerra contra Irán, de 1980 a 1988; la guerra del Golfo de 1991; la invasión internacional del 2003; el caso sectario derivado, y la invasión de Daesh, del 2014 al 2017. No podemos olvidar las guerras civiles en el Yemen, la de 1994 o la actual, iniciada en 2014; en Siria, del 2011 al 2024; en Libia, del 2014 al 2020, y, ahora, los ataques de Estados Unidos e Israel a Irán y el Líbano.
¿De verdad alguien puede siquiera pretender que las poblaciones de estos países se involucren voluntariamente en otro conflicto? ¿De verdad Donald Trump piensa que Europa y el resto del mundo quieren derramar más sangre para nada?