¿De quién es el «Guernica?»

Suso Fandiño ARTISTA PLÁSTICO GALLEGO Y DOCTOR EN BELLAS ARTES

OPINIÓN

El Círculo de Bellas Artes de Madrid exhibió un belén con figuras del «Guernica» de Picasso para recordar a las víctimas de la guerra en Gaza.
El Círculo de Bellas Artes de Madrid exhibió un belén con figuras del «Guernica» de Picasso para recordar a las víctimas de la guerra en Gaza. SERGIO PEREZ | EFE

08 abr 2026 . Actualizado a las 09:56 h.

Alguien dijo una vez que el mejor Guernica era el que cada cual tenía en su casa, sujeto a la pared con cuatro chinchetas. Tal vez ese sea su mayor logro, no pertenecer a nadie y, al mismo tiempo, ser de todos.

Cuando el 25 de noviembre de 1937 cerraba sus puertas la Feria Internacional de París y con ella el pabellón español de la República, donde se había presentado el Guernica, nadie podía imaginar que aquel cuadro iniciaría un largo periplo de más de 74.000 kilómetros antes de llegar a España cuarenta y cuatro años después.

Bajo la supervisión, primero logística y más tarde institucional, del MoMA de Nueva York, el lienzo comenzó a marchar por distintas ciudades europeas como el presagio, tristemente cumplido, de la Segunda Guerra Mundial. Con cada traslado se alejaba poco a poco del drama español para adquirir un significado cada vez más universal.

En 1939, ante la inminencia del estallido bélico, el lienzo inicia su exilio americano, en una coincidencia simbólica con los cientos de miles de republicanos que también huían para terminar varados en la arena de las playas del sur de Francia. En Estados Unidos, el vaticinio se convirtió definitivamente en realidad: aquella imagen había dejado de representar únicamente a la villa vasca para convertirse en emblema de la devastación que se extendía sin remisión por todo el mundo. Durante aquellos años oscuros se organizaron dieciocho exposiciones a lo largo de todo el país destinadas a interpelar a las élites culturales estadounidenses y a eliminar cualquier posición aislacionista frente al conflicto en curso.

Ya en tiempo de paz y reconstrucción, en la década de los cincuenta, el cuadro viajó a Brasil por deseo expreso de Picasso, donde se convirtió en la gran estrella de la II Bienal de São Paulo. El viaje se produjo pese a la oposición del MoMA, que comenzaba a esgrimir el deterioro de los materiales —real, por otra parte— como argumento para consolidar su posición no solo como depositario, sino también, en cierto modo, como su único propietario. Aquella propiedad autoproclamada no impidió, sin embargo, que poco después el cuadro emprendiera una nueva gira europea. Esta vez bajo supervisión directa del museo neoyorquino, dentro del marco estratégico de Estados Unidos durante la Guerra Fría cultural.

En 1958, después de cuarenta exposiciones, la pintura más famosa del siglo XX quedó anclada de forma permanente a las paredes del MoMA hasta su traslado definitivo a España. Su llegada se produjo el 10 de septiembre de 1981. La obra, tras aterrizar en Barajas y cruzar Madrid bajo un amplio dispositivo de seguridad, entró entre aplausos en el Casón del Buen Retiro, convertida, mediante un consenso cuidadosamente construido, en el «último exiliado». Un eslogan oportuno creado desde las agencias del Gobierno para convertir la tela en el photocall perfecto frente al cual escenificar el posado de la reconciliación entre españoles. Si el último exiliado regresaba era porque todos habían vuelto, y con él también lo hacía la democracia.

Pese a este final made in Hollywood, la historia aún se guardaba un último giro de guion. En 1992, y contra la voluntad expresada por su autor, otros que, como algunos hoy, todavía creen que la tela les pertenece, lo trasladan hasta su localización actual en el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía. Desde entonces yace inmóvil en su pared, mientras la gente lo fotografía y se hacen selfis sin saber muy bien lo que hacen.

El Guernica conserva intacta su capacidad para ser lo que fue, pero también Gaza o Mariúpol, porque nunca ha representado un único lugar y, al mismo tiempo, ha sido todos aquellos donde la barbarie de la guerra triunfa sobre la razón.